Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde
quisiéredes a la buena ventura.
Respondió por todos Ginés de Pasamonte, y dijo:
-Lo que vuestra merced nos manda, señor y libertador nuestro, es imposible
de toda imposibilidad cumplirlo, porque no podemos ir juntos por los
caminos, sino solos y divididos, y cada uno por su parte, procurando
meterse en las entrañas de la tierra, por no ser hallado de la Santa
Hermandad, que, sin duda alguna, ha de salir en nuestra busca. Lo que
vuestra merced puede hacer, y es justo que haga, es mudar ese servicio y
montazgo de la señora Dulcinea del Toboso en alguna cantidad de avemarías y
credos, que nosotros diremos por la intención de vuestra merced; y ésta es
cosa que se podrá cumplir de noche y de día, huyendo o reposando, en paz o
en guerra; pero pensar que hemos de volver ahora a las ollas de Egipto,
digo, a tomar nuestra cadena y a ponernos en camino del Toboso, es pensar
que es ahora de noche, que aún no son las diez del día, y es pedir a
nosotros eso como pedir peras al olmo.
-Pues ¡voto a tal! -dijo don Quijote, ya puesto en cólera-, don hijo de la
puta, don Ginesillo de Paropillo, o como os llamáis, que habéis de ir vos
solo, rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas.
Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya enterado que don
Quijote no era muy cuerdo, pues tal disparate había cometido como el de
querer darles libertad, viéndose tratar de aquella manera, hizo del ojo a
los compañeros, y, apartándose aparte, comenzaron a llover tantas piedras
sobre don Quijote, que no se daba manos a cubrirse con la rodela; y el
pobre de Rocinante no hacía más caso de la espuela que si fuera hecho de
bronce. Sancho se puso tras su asno, y con él se defendía de la nube y
pedrisco que sobre entrambos llovía. No se pudo escudar tan bien don
Quijote que no le acertasen no sé cuántos guijarros en el cuerpo, con tanta
fuerza que dieron con él en el suelo; y apenas hubo caído, cuando fue sobre
él el estudiante y le quitó la bacía de la cabeza, y diole con ella tres o
cuatro golpes en las espaldas y otros tantos en la tierra, con que la hizo
pedazos. Quitáronle una ropilla que traía sobre las armas, y las medias
calzas le querían quitar si las grebas no lo estorbaran. A Sancho le
quitaron el gabán, y, dejándole en pelota, repartiendo entre sí los demás
despojos de la batalla, se fueron cada uno por su parte, con más cuidado de

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