Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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tomando don Fernando una imagen que en aquel aposento estaba, la puso por
testigo de nuestro desposorio. Con palabras eficacísimas y juramentos
estraordinarios, me dio la palabra de ser mi marido, puesto que, antes que
acabase de decirlas, le dije que mirase bien lo que hacía y que considerase
el enojo que su padre había de recebir de verle casado con una villana
vasalla suya; que no le cegase mi hermosura, tal cual era, pues no era
bastante para hallar en ella disculpa de su yerro, y que si algún bien me
quería hacer, por el amor que me tenía, fuese dejar correr mi suerte a lo
igual de lo que mi calidad podía, porque nunca los tan desiguales
casamientos se gozan ni duran mucho en aquel gusto con que se comienzan.
»Todas estas razones que aquí he dicho le dije, y otras muchas de que no me
acuerdo, pero no fueron parte para que él dejase de seguir su intento, bien
ansí como el que no piensa pagar, que, al concertar de la barata, no repara
en inconvenientes. Yo, a esta sazón, hice un breve discurso conmigo, y me
dije a mí mesma: ´´Sí, que no seré yo la primera que por vía de matrimonio
haya subido de humilde a grande estado, ni será don Fernando el primero a
quien hermosura, o ciega afición, que es lo más cierto, haya hecho tomar
compañía desigual a su grandeza. Pues si no hago ni mundo ni uso nuevo,
bien es acudir a esta honra que la suerte me ofrece, puesto que en éste no
dure más la voluntad que me muestra de cuanto dure el cumplimiento de su
deseo; que, en fin, para con Dios seré su esposa. Y si quiero con desdenes
despedille, en término le veo que, no usando el que debe, usará el de la
fuerza y vendré a quedar deshonrada y sin disculpa de la culpa que me podía
dar el que no supiere cuán sin ella he venido a este punto. Porque, ¿qué
razones serán bastantes para persuadir a mis padres, y a otros, que este
caballero entró en mi aposento sin consentimiento mío?´´
»Todas estas demandas y respuestas revolví yo en un instante en la
imaginación; y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza y a inclinarme a
lo que fue, sin yo pensarlo, mi perdición: los juramentos de don Fernando,
los testigos que ponía, las lágrimas que derramaba, y, finalmente, su
dispusición y gentileza, que, acompañada con tantas muestras de verdadero
amor, pudieran rendir a otro tan libre y recatado corazón como el mío.
Llamé a mi criada, para que en la tierra acompañase a los testigos del
cielo; tornó don Fernando a reiterar y confirmar sus juramentos; añadió a

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