Memorias del subsuelo (Fedor Dostoiewski) Libros Clásicos

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-En fin, déjenlo. Está borracho perdido -dijo Trudoliubov con una mueca de disgusto.
-Nunca me perdonaré haber consentido que viniera -rezongó Simonov.
«Ha llegado el momento de arrojarles una botella a la cabeza», pensé asiendo una botella que no estaba vacía... Pero lo que hice fue llenar de nuevo mi vaso.
«No -les dije con el pensamiento--. Me quedaré hasta el fin. Ustedes se alegrarían de que los librara de mi presencia. ¡Pero no lo haré por nada en el mundo! Me quedaré y continuaré bebiendo para hacerles comprender claramente que no doy a esto ninguna importancia. Me quedaré y beberé, porque estamos en el restaurante y he pagado mi parte. Me quedaré y seguiré bebiendo, porque para mí son ustedes simples muñecos. Es más, considero que no existen. Beberé. Cantaré si se me antoja. Sí, cantaré; tengo perfecto derecho a cantar...»
Pero no canté. Mi única preocupación era no mirarlos. Adoptaba un aire desenvuelto y esperaba con impaciencia a que me dirigieran la palabra. Pero, ¡ay!, no me hablaban. Y, sin embargo, ¡cómo habría querido reconciliarme con ellos en aquel instante! Dieron las ocho, luego las nueve. Se levantaron de la mesa y se instalaron en el diván. Zverkov se recostó en busca de una butaca y puso los pies en un velador.
Colocaron a su alcance tres botellas y vasos. Zverkov había ofrecido a sus amigos tres botellas de champán. A mí, naturalmente, no me invitaron. Todos se reunieron alrededor de Zverkov. Lo escuchaban con veneración. Era evidente que lo apreciaban. ¿Por qué? ¿Por qué?, me preguntaba. A veces, en los arrebatos de su embriaguez, cambiaban besos. Hablaban del Cáucaso, de la verdadera pasión, de las ventajas del servicio militar, de los ingresos del húsar Podaryevsky, a quien ninguno de ellos conocía, y se alegraban visiblemente de que aquellos ingresos fuesen importantes. Hablaron también de la gracia y de la belleza de la princesa D..., a quien tampoco conocían, pues ni siquiera la habían visto una sola vez. Al fin le tocó el turno a Shakespeare, al que declararon inmortal.
Yo sonreía con desprecio, yendo de la mesa a la chimenea y de la chimenea a la mesa, a lo largo de la pared frontera al diván. Quería demostrarles que podía pasar perfectamente sin ellos. Sin embargo, al andar martilleaba intencionadamente el suelo con los tacones. Pero todo fue inútil. No me prestaban la menor atención.

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