El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Entonces recordó que desde hacía quince días se venían suprimiendo todas aquellas menudas atenciones que durante diez y ocho meses le habían hecho la vida tan dulce de llevar. Y como la naturaleza de los espíritus estrechos los induce a adivinar las minucias, se entregó de pronto a profundas reflexiones sobre aquellos cuatro acontecimientos, imperceptibles para cualquier otro, pero que para él constituían cuatro catástrofes. Tratábase evidentemente de la pérdida entera de su dicha en el olvido de las zapatillas, en la mentira de Mariana respecto del fuego, en el insólito traslado de la palmatoria a la mesa de la antecámara, en la estación forzosa que se le había impuesto, bajo la lluvia, en el umbral de la puerta.
     Cuando brilló la llama de la chimenea, cuando la lámpara estuvo encendida, cuando Mariana hubo salido sin preguntarle como antes: «¿No necesita el señor ninguna otra cosa?», el abate Birotteau se dejó dulcemente caer en la bella y amplia poltrona de su difunto amigo; pero el movimiento con que se dejó caer tuvo algo de triste. El buen señor estaba abrumado por el presentimiento de una desgracia espantosa. Sus ojos se volvieron sucesivamente hacia el hermoso reloj de pared, hacia la cómoda, hacia los asientos, las cortinas, las alfombras, la cama en forma de tumba, la pila del agita bendita, el crucifijo; hacia una Virgen del Valentín, hacia un Cristo de Lebrun; en fin, hacia todos los accesorios de la estancia, y la expresión de su fisonomía reveló los dolores del más tierno adiós que un amante haya dado jamás a su primera querida o un anciano a los últimos árboles que plantó. El vicario acababa de reconocer -un poco tarde, en verdad- las señales de una persecución sorda ejercida contra él desde hacía unos tres meses por la señorita Gamard, cuyas malas intenciones habrían sido, sin duda, más prontamente adivinadas por un hombre avisado.

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