El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Pero el buen vicario circulaba por allí sin gravedad, correteaba, pataleaba, parecía que rodaba sobre sí mismo. Estos dos hombres tenían, no obstante, una semejanza. Así como el aspecto ambicioso de Troubert, al hacerle terrible, le había condenado al papel insignificante de simple canónigo, el carácter y el talante de Birotteau parecían amarrarle eternamente al vicariato de la catedral. Sin embargo, el abate Troubert, ya entrado en la cincuentena, había desvanecido con la mesura de su proceder la apariencia de una total falta de ambición, y con la vida completamente santa que llevaba, los temores que su sospechosa capacidad y su exterior terrible habían inspirado a sus superiores. Además, como desde hacía un año su salud se había alterado gravemente, parecía probable su elevación al vicariato general del arzobispado. Sus mismos competidores deseaban que se le nombrase, a fin de poder prepararse mejor durante los pocos días que podía concederle su enfermedad crónica. Lejos de ofrecer las mismas esperanzas, la triple barbilla de Birotteau presentaba a los contrincantes que le disputaban el canonicato los síntomas de una salud floreciente y su gota les parecía, según el proverbio, una garantía de longevidad. El abate Chapeloud, hombre de un gran sentido y que, dada su amabilidad, había sido siempre muy buscado por las gentes que gustan de las compañías agradables y por los diferentes jefes de la metrópoli, se había opuesto siempre, pero secretamente y con mucho ingenio, a la elevación del abate Troubert; hasta le había, muy hábilmente, impedido el acceso a todos los salones en que se reunía la mejor sociedad de Tours, y eso que Troubert le había tratado siempre con gran respeto, demostrándole en toda ocasión la más alta deferencia.

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