El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Algunas personas de ingenio conocerían, no sin placer acaso, los extraños desenvolvimientos que el abate Birotteau y la señorita Gamard daban a sus opiniones personales sobre política, religión y literatura. No faltarían cosas cómicas que exponer: ya las razones que ambos tenían para dudar seriamente, en 1826, de la muerte de Napoleón, ya las conjeturas que les hacían creer en la existencia de Luis XVII, salvado en el hueco de un leño enorme. ¿Quién no habría reído oyéndoles establecer, con razones evidentemente suyas, que el rey de Francia disponía él solo de todos los impuestos, que las Cámaras se habían reunido para destruir el clero, que habían muerto más de trescientas mil personas en el cadalso durante la Revolución? Después hablaban de la Prensa sin conocer el nombre de los periódicos, sin tener la menor idea de lo que era este moderno instrumento. Por último, Birotteau escuchaba atentamente a la señorita Gamard cuando ella decía que un hombre alimentado con un huevo cada mañana debía morir infaliblemente al fin del año, y que eso ya se había visto; que comiendo durante varios días un panecillo tierno, sin beber, se curaba la ciática; que todos los obreros que habían trabajado en la demolición de la abadía de San Martín murieron en el espacio de seis meses; que cierto prefecto había hecho todo lo posible, bajo Bonaparte, por derribar las torres de Saint-Gatien; y otros mil cuentos absurdos.
     Pero ahora Birotteau sentía su lengua muerta; se resignó, pues, a comer sin entablar conversación. Pronto encontró que aquel silencio era peligroso para su estómago y dijo audazmente:
     -¡Vaya un café excelente!
     Este acto de valor fue completamente inútil. Después de haber mirado al cielo por el exiguo espacio que separaba por encima del jardín a los dos negros arbotantes de Saint-Gatien, todavía tuvo el vicario ánimos para decir:

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