El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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     -Hoy hará mejor día que ayer...
     A estas palabras, la señorita Gamard se contentó con echar la más graciosa de sus miradas al abate Troubert y volvió los ojos, impregnados de una severidad terrible, a Birotteau, el cual, afortunadamente, había bajado los suyos.
     Ninguna criatura del género femenino era capaz como la señorita Sofía Gamard de encarnar la naturaleza elegíaca de la solterona; mas para pintar bien a un ser cuyo carácter presta inmenso interés a los pequeños acontecimientos de este drama y a la vida anterior de los personajes que en él son actores tal vez convenga resumir aquí las ideas cuya expresión se encuentra en la solterona: la vida habitual hace el alma, y el alma hace la fisonomía. Si todo, en la sociedad como en el mundo, ha de tener un fin, es indudable que hay aquí abajo algunas existencias cuyo objeto y utilidad son inexplicables. La moral y la economía política repelen igualmente al individuo que consume sin producir, que ocupa un lugar en la tierra sin esparcir en su derredor el mal ni el bien; porque el mal es, sin duda, un bien cuyos resultados no se manifiestan inmediatamente. Es raro que las solteronas no se coloquen por sí mismas en la clase de estos seres improductivos. Ahora bien: si la conciencia de su trabajo da al ser activo un sentimiento de satisfacción que le ayuda a soportar la vida, la certidumbre de vivir a costa ajena y de ser inútil debe producir un efecto contrario e inspirar al propio sujeto inerte el desprecio que despierta en los demás. Esta dura reprobación social es una de las causas que, sin darse cuenta las solteronas, contribuyen a poner en su alma el disgusto que expresa su rostro.

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