El banquete (Orazio Bagnasco) Libros Clásicos

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Tras quitarse los guantes, ofrecieron las palmas de sus manos al calor de las llamas mientras las frotaban enérgicamente. En ese momento las iglesias de Tortona comenzaron a tocar el ángelus, e incluso desde los campanarios de las iglesias parroquiales más lejanas llegaron, volando sobre las llanuras nevadas y sobre las filas de moreras de la Lomellina, los nasales repiques de las campanas de Lombardía. Cada vez, ese lamento lleno de ecos como el aleteo de un ángel hacía penetrar en todos la melancolía por la noche que sobrevenía y la añoranza por el día acabado. -Es la hora del véspero, maese Stefano -dijo el Embajador-, y ya oscurece. ¿Acaso no ha llegado el momento de comenzar a pensar en algo serio? ¿No pasaremos aquí toda la noche? -Y guiñó el ojo, sonriendo, como para romper aquel instante helado que el sonido de las campanas había apoyado en ellos. -No, Excelencia, no dormiremos aquí con el estómago vacío. Sólo tengo que decir dos palabras al Senescal Menor, en cuanto llegue, y luego podremos bajar al pueblo. Maese Anselmo, el cocinero, que es del lugar, me ha aconsejado una taberna que, por Dios, no es como las nuestras, pero se está caliente y se puede echar al buche algo decente. -Estaba seguro de que habríais pensado en todo, maese Stefano. Vos no me decepcionáis jamás. Por fin uno de los cinco Senescales Menores llegó jadeante, tratando de adoptar una pose como queriendo decir: «Después del Gran Senescal, el gobierno de la Casa Ducal nos lo confían a nosotros. » Ante las palabras de maese Stefano, hizo ademán de ponderar bien si se adhería a la petición de enviar a limpiar el sótano del castillo a la gente del pueblo que, en esta ocasión, se encontraba a sus órdenes.

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