La ruina de Londres (Robert Barr) Libros Clásicos

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El ardor del norteamericano no pareció disminuir en nada ante el rechazo. Dijo que yo no podía haber explicado convenientemente a Sir John las posibilidades del aparato; lo calificó de gran invento, y dijo que significaba una fortuna para quien obtuviese la concesión del mismo. Sugirió que otras firmas londinenses famosas estaban impacientes por conseguirla, aunque él, por razones que no dio, prefería tratar con nosotros. Dejó algunos folletos referentes al invento, y dijo que regresaría.
5. El norteamericano ve a Sir John.
Son muchas las veces en que he pensado desde entonces en aquel norteamericano persistente, y me he preguntado si salió de Londres antes del desastre o fue uno de los miles sin identificar que se enterraron en tumbas sin nombres. No se le ocurrió para nada a Sir John, cuando lo expulsó con alguna aspereza de su presencia, que estaba rechazando una oferta de vida y que las palabras acaloradas que usaba eran en realidad una sentencia de muerte que pronunciaba contra sí mismo. En lo que mí concierne, lamento haber perdido la paciencia y haber dicho al norteamericano que su manera de tratar las cosas no me resultaba plausible. Tal vez esto no le llegó con toda su fuerza; por cierto que estoy seguro de que no, ya que, sin saberlo, me salvó la vida. Sea como fuere, no mostró ningún resentimiento, sino que me invitó inmediatamente a ir a tomar una copa con él, oferta que me vi obligado a rechazar. Pero estoy adelantándome en el relato. Por cierto que, falto del hábito de escribir, me resulta difícil exponer los acontecimientos en su justa secuencia. El norteamericano volvió a verme varias veces después de que le dije que nuestra firma no podía hacer negocio con él.

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