La lucha por la vida II (Pío Baroja) Libros Clásicos

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Era de pequeña estatura, pero estaba muy bien formada. Hablaba rozando las erres y convirtiendo las ces en eses.
Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo cual a Manuel le chocó.
«Es que no le conoce», pensó.
Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia ciencia, la explicaba a la muchacha los trabajos que hacía, cómo iba a poner el laboratorio. Lo que oía a Roberto se lo espetaba a su novia con un descaro inaudito. La muchacha lo encontraba todo muy bien; sin duda, se prometía un porvenir risueño.
Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo, pensaba si no sería una obra de caridad advertirle a la rubia que su novio era un zascandil que no servía para nada; pero ¡quién le metía a él en esto!
Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas en las casas de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo hacía en casa era dar disposiciones contradictorias y embarullarlo todo. Mientras tanto, el padre, indiferente, guisaba en la cocina y se pasaba el día entero machacando en el almirez o picando en el tajo.
Manuel, iba a la cama tan cansado, que se dormía en seguida; pero una noche que no se durmió tan pronto oyó en el otro cuarto a Bernardo que decía:
Voy a mataros.
-¿Le mata? -preguntó la voz del viejo de los ojos encarnados.
-Espera-replicó el hijo-; me has interrumpido.
Y volvió a comenzar nuevamente la lectura, porque no se trataba más que de una lectura, hasta llegar otra vez al: Voy a mataros. En las noches siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era éste, sin duda, su único trabajo.

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