La Casa Hechizada (Charles Dickens) Libros Clásicos

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misteriosa a la que todos tendemos: la vida detenida, los hilos rotos del ayer,
el asiento abandonado, el libro cerrado, la ocupación que ha sido abandonada sin
que estuviera terminada... todo imágenes de la muerte. La tranquilidad de esa
hora es la tranquilidad de la muerte. El calor y el frío producen esa misma
asociación. Incluso un cierto aire que adoptan los objetos domésticos familiares
cuando emergen de las sombras de la noche pasando a la mañana, un aire de ser
más nuevos, tal como habían sido hace tiempo, tiene su contrapartida en el paso
del rostro gastado de la madurez o la vejez, con la muerte, al antiguo aspecto
juvenil Además, en esa hora vi una vez la aparición de m padre. Estaba vivo y
bien, y no dijo nada, pero le vi, la luz del día, sentado, dándome la espalda,
en un< silla que hay junto a mi cama. Reposaba la cabeza en su mano y no pude
averiguar si estaba dormitando c apesadumbrado. Sorprendido de verle allí, me
enderecé en la cama, cambié de posición, salí de ella, le observé. Como él no se
moviera, me alarmé y la puse una mano en el hombro, o lo que yo pensaba que lo
era... pero no había nada.
Por todas estas razones, y también por otras que no es tan fácil explicar
brevemente, la primera hora de la mañana me resulta la más fantasmagórica. En
ese momento cualquier casa me parece encantada en mayor o menor medida; y una
casa encantada difícilmente puede parecérmelo más en otro momento.
Caminé hasta el pueblo pensando en el abandono de aquella casa y me encontré con
el dueño de la pequeña posada echando arena en el umbral. Le encargué el
desayuno y saqué el tema de la casa.
-¿Está hechizada? -pregunté.
El posadero me- miró, sacudió la cabeza y respondió:
-Yo no digo nada. -¿Entonces lo está?
-¡Bueno!... Yo no dormiría en ella -me espetó el posadero en un arranque de
franqueza que tenía la apariencia de la desesperación.
-¿Y por qué no?
-Si me gustara que sonaran todas las campanas de la casa sin que nadie las
tocara; y que golpearan todas la puertas de la casa sin que nadie llamara en
ellas; y escuchar todo tipo de pasos sin que ningún pie la recorriera; pues

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