Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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¡Ya está! -y se alejó enfurruñado y empezó a vestirse.
-¿Qué importa? -dijo Tom-. ¡Como si yo quisiera juntarme! Vuélvete a casa para que se rían de ti. ¡Vaya un pirata! Huck y yo no somos nenes lloricones. Aquí nos estamos, ¿verdad, Huck? Que se largue si quiere. Podemos pasar sin él.
Pero Tom estaba, sin embargo, inquieto, y se alarmó al ver a Joe, que ceñudo, seguía vistiéndose. También era poco tranquilizador ver a Huck, que miraba aquellos preparativos con envidia y guardaba un ominoso silencio. De pronto, Joe, sin dedir palabra, empezó a vadear hacia la ribera de Illinois, A Tom se le encogió el corazón. Miró a Huck. Huck no pudo sostener la mirada y bajó los ojos.
-También yo quiero irme, Tom -dijo-; se iba poniendo esto muy solitario, y ahora lo estará más. Vámonos nosotros también.
-No quiero: podéis iros todos si os da la gana. Estoy resuelto a quedarme.
-Tom, pues yo creo que es mejor que me vaya.
-Pues vete... ¿quién te lo impide?
Huck empezó a recoger sus pingos dispersos, y después dijo:
-Tom, más valiera que vinieras tú. Piénsalo bien. Te esperaremos cuando lleguemos a la orilla.
-Bueno; pues vais a esperar un rato largo.
Huck echó a andar apesadumbrado y Tom le siguió con la mirada, y sentía un irresistible deseo de echar a un lado su amor propio y marcharse con ellos. Tuvo una lucha final con su vanidad y después echó a comer tras su compañero gritando:
-¡Esperad! ¡Esperad! ¡Tengo que deciros una cosa!
Los otros se detuvieron aguardándole. Cuando los alcanzó comenzó a explicarles su secreto, y le escucharon de mala gana hasta que al fin vieron «dónde iba a parar», y lanzaron gritos de entusiasmo y dijeron que era una cosa «de primera» y que si antes se lo hubiera dicho no habrían pensado en irse. Tom dio una disculpa aceptable; pero el verdadero motivo de su tardanza había sido el terror de que ni siquiera el secreto tendría fuerza bastante para retenerlos a su lado mucho tiempo, y por eso lo había guardado como el último recurso para seducirlos.
Los chicos dieron la vuelta alegremente y tornaron a sus juegos con entusiasmo, hablando sin cesar del estupendo plan de Tom y admirados de su genial inventiva. Después de una gustosa comida de huevos y pescado Tom declaró su intención de aprender a fumar allí mismo.

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