Tartarín de Tarascón (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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   Era tan bonita aquella mujer, descalza, con los dedos regordetes cargados de sortijas, sonrosada, fina, presa en un corselete de paño dorado, con rameado vestido de flores, que dejaba adivinar una personilla amable, un poco gordita, apetitosa, redonda por todas partes...
   El tubo de ámbar de un narguile humeaba en sus labios, envolviéndola en la gloria de una humareda rubia.
   Al entrar, el tarasconés se llevó una mano al corazón y se inclinó lo más morescamente posible, poniendo los apasionados ojos en blanco. Baya le miró un momento sin decir nada; después, soltando el tubo de ámbar, se echó de espaldas, escondió la cabeza entre las manos y ya no se le vio más que el cuello blanco, que una risa loca le hacia bailar como un saco lleno de perlas.

XI. SIDI TART´RI BEN TART´RI

   
   Si a la hora de las veladas entrarais alguna noche en los cafés argelinos de la ciudad alta, oiríais todavía hoy a los moros hablar entre sí, con guiños y risitas, de cierto Sidi Tart´ri ben Tart´ri, europeo amable y rico que, hace ya algunos años, vivía en los barrios altos con una señoritinga de la tierra llamada Baya.
   El Sidi Tart´ri en cuestión, que tan gratos recuerdos ha dejado en los alrededores de la Casbah, bien se adivina, es nuestro Tartarín.
   ¡Qué queréis! En la vida de los héroes, como en la de los santos, hay siempre horas de ceguedad, desconcierto y desmayo. El ilustre tarasconés no había de ser una excepción, y por eso, durante dos meses, olvidado de los leones y de la gloria, se embriagó de amor oriental, y, como Aníbal en Capua, se durmió en las delicias de Argel la blanca.
   El buen hombre había alquilado, en el corazón de la ciudad árabe, una linda casita indígena, con patio interior, plátanos, frescas galerías y fuentes. Allí vivía, lejos de todo ruido, en compañía de su mora. Moro él también de pies a cabeza, se pasaba el día fumando el narguile y comiendo dulces almizclados.
   Tendida en un diván enfrente de él, Baya, guitarra en mano, gangueaba tonadillas monótonas, o bien, para distraer al señor, se zarandeaba en la danza del vientre, con un espejo en la mano para mirarse los blancos dientes y hacerse visajes.
   Como la dama no sabía una palabra de francés, ni Tartarín una palabra de árabe, la conversación languidecía algunas veces, y el charlatán tarasconés se vio reducido a hacer penitencia por las intemperancias de lenguaje de que fue culpable en la botica de Bezuquet y en casa de Costecalde el armero.

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