Tartarín de Tarascón (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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   Entonces, al ver cómo estaba cobardemente acurrucado en la alfombra mientras le creían cazando fieras, Tartarín de Tarascón se avergonzó de sí mismo y lloró.
   De pronto, el héroe dio un salto.
   -¡Al león! ¡Al león!
   Y lanzándose al escondrijo en que, llenas de polvo, dormían la tienda de campaña, el botiquín, las conservas y la caja de armas, las sacó arrastrando al centro del patio.
   Tartarín Sancho acababa de expirar; ya no quedaba más que Tartarín Quijote.
   El tiempo necesario para inspeccionar sus pertrechos, armarse, ataviarse, ponerse aquellas botazas, escribir cuatro letras al príncipe confiándole a Baya; el tiempo necesario para meter en el sobre algunos billetes azules, mojados en lágrimas, y el intrépido tarasconés rodaba en diligencia por la carretera de Blidah, dejando en la casa a su negra estupefacta, delante del narguile, del turbante, de las babuchas y de toda la vestimenta musulmana de Sidi Tart´ri, que yacía lamentablemente bajo los tréboles blancos que adornaban la galería...

EPISODIO TERCERO.
EN LA TIERRA DE LOS LEONES

I. LAS DILIGENCIAS DEPORTADAS

   
   Era una vetusta diligencia de antaño, acolchada a la antigua, con burdo paño azul ajado ya, con enormes presillas de lana áspera, que al cabo de algunas horas de camino acaban por cauterizar la espalda... Tartarín de Tarascón, apoderándose de un rincón de la rotonda, instalóse lo mejor que pudo, y mientras llegaba a respirar las almizcladas emanaciones de los grandes felinos de África, el héroe tuvo que contentarse con aquel añejo olor de diligencia, caprichosamente compuesto de mil olores, hombres, caballos, mujeres y cueros, vituallas y paja húmeda.
   En aquella rotonda había de todo un poco. Un trapense, mercaderes judíos, dos cocottes que iban a incorporarse a su batallón -el 3o. de húsares-, un fotógrafo de Orleansville... Mas, por encantadora y variada que fuese la compañía, el tarasconés no estaba en vena de hablar y permaneció pensativo, con el brazo pasado por los correones y las carabinas entre las piernas... Su salida precipitada, los ojos negros de Baya y la caza terrible que iba a emprender le perturbaban el cerebro, sin contar que, con su buen aspecto patriarcal, aquella diligencia europea, vuelta a encontrar en medio de África, le traía vagamente a la memoria el Tarascón de su juventud, las correrías por los arrabales, las meriendas a orillas del Ródano, en fin, multitud de recuerdos.

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