El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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-Buenos días, buena y hermosa Rosa, ¿cómo está mi hermano?
-¡Oh, Mynheer Jean! -había respondido la joven-. No es por el daño que le han causado por lo que temo por él: el mal que le han hecho ya ha pasado.
-¿Qué temes entonces, bella niña?
-Temo el daño que le quieren causar Mynheer Jean.
-¡Ah, sí! -dijo De Witt-. El pueblo, ¿verdad?
-¿Lo oís?
-Está, en efecto, muy alborotado; pero cuando nos vea, como nunca le hemos hecho más que bien, tal vez se calme.
-Ésta no es, desgraciadamente, una razón -mur muró la joven alejándose para obedecer una señal imperativa que le había hecho su padre.
-No, hija mía, no; lo que dices es verdad -luego, continuando su camino, murmuró-: He aquí una chi­quilla que probablemente no sabe leer y que por consiguiente no ha leído nada, y que acaba de resumir la his toria del mundo en una sola palabra.
Y, siempre tan tranquilo, pero más melancólico que al entrar, el ex gran pensionario siguió caminando hacia la celda de su hermano.
II Los Dos Hermanos
Como había dicho la bella Rosa en una duda llena de presentimientos, mientras Jean de Witt subía la esca lera de piedra que conducía a la prisión de su hermano Corneille, los burgueses hacían cuanto podían por ale jar la tropa de De Tilly que les molestaba.
Lo cual, visto por el pueblo, que apreciaba las bue nas intenciones de su milicia, se desgañitaba
gritando: -¡Vivan los burgueses! En cuanto al señor De Tilly, tan prudente como firme, parlamentaba con aquella compañía burguesa
ante las pistolas dispuestas de su escuadrón, explicándoles de la mejor manera posible que la consigna dada por los Estados le ordenaba guardar con tres compañías de soldados la plaza de la prisión y sus alrededores.
-¿Por qué esa orden? ¿Por qué guardar la prisión? -gritaban los orangistas.
-¡Ah! -respondió el señor De Tilly-. Me preguntáis algo que no puedo contestar. Me han dicho: «Guardad»; y guardo. Vosotros, que sois casi militares, señores, debéis saber que una consigna no se discute.
-¡Pero os han dado esta orden para que los traidores pueda n salir de la ciudad!
-Podría ser, ya que los traidores han sido condenados al destierro -respondió De Tilly.
-Pero ¿quién ha dado esta orden?
-¡Los Estados, pardiez!
-Los Estados nos traicionan.

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