El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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Pensó en principio que aquel precioso paquete encerraba algunos bulbos recién llegados de Bengala
o de Ceilán, pero enseguida recordó que Corneille apenas cultivaba tulipanes y no se ocupaba casi más que del hombre, mala planta, mucho menos agradable de ver y sobre todo mucho más difícil de hacerla florecer.
Entonces le vino la idea de que ese paquete contenía pura y simplemente papeles y que estos papeles se referían a la política.
Mas ¿por qué entregar unos papeles que se relacionaban con la política a Cornelius, que no solamente era, sino que se alababa de ser enteramente extraño a aque lla ciencia, por otra parte más oscura, a su parecer, que la química, la astronomía a incluso que la alquimia?
Aquél era sin duda un depósito que Corneille, ya amenazado por la impopularidad con la que comenzaban a honrarle sus compatriotas, entregaba a su ahijado Van Baerle, y la cosa era tanto más hábil por parte del Ruart por cuanto no sería en la casa de Cornelius, extraño a toda intriga, donde irían a perseguir este depósito.
Por otra parte; si el paquete hubiera contenido bulbos, otra hubiera sido la reacción de su vecino: Corne lius no lo habría guardado, y en el mismo instante ha bría apreciado, como estudiante aficionado el valor de los regalos que recibía.
Por el contrario, Cornelius había recibido respetuo samente el depósito de manos del Ruart, y, siempre respetuosamente, lo había metido en un cajón, empujándo lo hasta el fondo, primero, seguramente para que no fuera visto, luego, para que no ocupara un espacio demasiado grande al lugar reservado a sus cebollas.
Una vez el paquete en el cajón, Corneille de Witt se puso de pie, estrechó las manos de su ahijado y se encaminó hacia la puerta.
Cornelius agarró vivamente las velas y se adelantó para pasar el primero y alumbrar convenientemente.
Entonces la luz se extinguió insensiblemente en el cuarto vidriado para reaparecer en la escalera, luego en el vestíbulo y por último en la calle, todavía llena de gente que quería ver al Ruart subir a su carroza.
El envidioso no se había equivocado en sus suposiciones. El depósito entregado por el Ruart a su ahijado y cuidadosamente encerrado por éste, era la correspondencia de Jean con el señor De Louvois.
Sólo que era confiado, como le había dicho Corneille a su hermano, sin que Corneille hubiese dejado suponer en lo más mínimo a su ahijado la importancia política que tenía.

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