Las Pónticas (Ovidio) Libros Clásicos

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Aquí el campo ni produce frutos, ni sazona las dulces uvas, ni las riberas se adornan con los sauces, ni los robles crecen en los montes. El mar no merece mayores alabanzas que la tierra; las olas, que el sol nunca visita, amenazan siempre, removidas por la impetuosidad de los vientos. Adondequiera que vuelvas los ojos, hallarás campos sin labriegos y vastas llanuras que a nadie pertenecen. El enemigo nos sobresalta con sus ata­ques a izquierda y derecha; vecindad incómoda que asusta por entrambas fronteras. De una parte nos amenazan las picas de los Bistonios, de otra los dar-dos que vibra la mano del Sármata: ahora relátame los ejemplos de los antiguos varones que supieron soportar con fortaleza el ostracismo. Admira la magnánima entereza de Rutilio, que rehusó el per-miso de volver a la patria. Vivía relegado en Esmir­na, no en la tierra enemiga del Ponto; y Esmirna es, sin duda, preferible a cualquier otra población. El cínico de Sínope no se dolía de su extrañamiento, porque te escogió, comarca Ática, Como lugar de su retiro. El hijo de Neocles, que destruyó con las ar-mas el ejército persa, pasó su primer destierro en la ciudad de Argos. Arístides, expulsado de Atenas, huyó a Lacedemonia, y era muy discutible cuál de las dos ciudades aventajaba a la otra. Después de cometer un homicidio el joven Patroclo, abandonó a Oponte y fue huésped de Aquiles en Tesalia. Echado de Hemonia, detúvose al borde de la fuente Pirene el héroe que en su sagrada nave recorría las playas de la Cólquida. Cadmo, el hijo de Agenor, abandonó los muros de Sidón para edificar su ciu­dad en sitio más venturoso. Tideo, fugitivo de Cali­dón, acogióse cerca de Adrasto, y Teucer halló grato asilo en una tierra querida de Venus. ¿A qué recor­dar los antiguos romanos, entre los cuales Tíbur se consideraba como el último confín de la tierra? Aunque enumerase todos los casos, en ninguna época se señaló a nadie lugar tan horrible y lejano de la patria, Perdone, tu saber las quejas de un do­liente, en quien producen tan poco efecto tus pala­bras consoladoras; no niego, empero, que si mis males tuviesen cura, ésta se lograría por la virtud de tus consejos; mas temo que trabajas en balde por mi salvación, y; que, enfermo irremisiblemente perdido, resulten ineficaces tus remedios.

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