El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Requirióse entonces a Elvira de que presentase su campeón, y a este requerimiento se sucedió el más profundo silencio. Leíase en los ojos de Elvira la ansiedad con que esperaba el fin de aquella ceremonia. En aquel momento hubiera dado su existencia porque no compareciese el doncel. Temblaba a cada ruido que se oía; todo era para ella preferible al espantoso espectáculo de ver pelear por su causa a su esposo y a su amante.
Por último, vino a sacarla de su mortal angustia el tercer requerimiento del faraute.
Apenas había acabado éste de pronunciarle, cuando prosternándose Elvira y elevando al cielo las manos y los ojos:
-Nadie -exclamó con loca alegría-, nadie. ¡Yo os doy gracias, Dios mío! Señor -continuó dirigiéndose al Rey-, no tengo campeón; soy, pues, calumniadora; ¡la muerte presto; la muerte!
-Señor -se adelantó a decir el canciller al Rey, que se levantaba para decidir en tan arduo caso-, debo hacer presente a tu Alteza que antes de declarar infame al doncel tu favorito, es fuerza esperarle en el palenque todo el día de hoy; si entonces no compareciere, a pesar de los pregones que habrán de repetirse en ese tiempo tres veces, la acusadora será ejecutada.
-Ya lo oís, señora -continuó Su Alteza-; dentro de una hora concurrirá la corte al sitio del combate.
Una nube de tristeza profundísima enturbió la frente pálida de Elvira, que quedó sumergida en el silencio de la desesperación. Don Enrique de Villena triunfaba, y una mal reprimida sonrisa se dibujaba en sus labios. Hernán Pérez de Vadillo parecía desesperado de no tener contrario y de la inopinada tardanza.
-Señora -dijo don Luis de Guzmán, que veía con despecho triunfar a su enemigo, llegándose al oído de la infeliz acusadora-, si mi brazo puede seros útil, ved que diera mil vidas por ser el acusador.
-¡Ah! Señor -repuso Elvira dirigiendo al caballero una mirada de agradecimiento-, dejad morir a una desdichada -levantó entonces los ojos al cielo y añadió para sí con dolorosa expresión-: ¡Él ha muerto también! ¡Y mi esposo me desprecia! -bajó en seguida los ojos y dos farautes, notando el pequeñísimo diálogo que quisiera prolongar don Luis de Guzmán, la separaron, advirtiendo a éste que la ley prevenía toda incomunicación con la acusadora.

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