El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Sucedióse a este pregón el más profundo silencio, interrumpido sólo por un ligero murmullo que producía el montero irritado todavía, profiriendo entre dientes algunos juramentos contra el faraute; ni atendió pregón, ni pensaba sino en llevar a cabo la entrega de sus letras, más bien por terquedad ya que por otra razón cualquiera. Aplacáronle, sin embargo, algún tanto los que le rodeaban.
Al mismo tiempo mandaron los jueces sonar toda la música de ministriles con grande estruendo y en tono rasgado de romper la batalla; reconoció el rey de armas, acompañado del mariscal, las armas de los desafinados, y hecha la señal soltaron los farautes la brida del bocado de los combatientes, que tenían cogida, gritando a una voz:
-Legeres aller, legeres aller, e fair son deber -según la fórmula provenzal introducida en duelos singulares, justas y torneos.
Arrancaron al punto los caballeros con las lanzas en los ristres, arremetiendo uno contra otro con singular furia y denuedo. General fue la expectativa y el ansia al choque de los combatientes, que se encontraron entre nubes de polvo en medio de su carrera. Rompieron entrambos sus lanzas. Fernán Pérez encontró al caballero de las armas negras en el arandela, desguarneciéndole el guardabrazo derecho, y éste encontró a Hernán en la babera del almete. Vacilaron entrambos caballos de la sacudida, pero repuestos en el mismo instante del súbito golpe, concluyeron su carrera airosamente. Tomaron los caballeros lanzas nuevas, y en tres carreras sucesivas no se decidió la ventaja por ninguna parte. Al fin de la tercera, furioso Hernán Pérez del poco efecto de las lanzas, quebró la suya contra el suelo, y revolvió, desnudando la espada, sobre su contrario, que vista la acción adoptó igual determinación. No daba Elvira, sumergida en el más profundo estupor, señal de vida, y mudaba de colores don Enrique de Villena a cada encuentro, como aquel cuya fortuna dependía del éxito del combate. A pesar de las buenas muestras que daba de su persona el novel caballero, ponían todos por el de lo negro, cuyos altos hechos de armas anteriores eran demasiado conocidos para osar poner en duda su ventaja.

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