El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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El que más animado parecía era nuestro montero, a quien el coraje había acabado de acalorar; pero cuando no pudo reprimirse fue cuando, después de un largo rato de incierta lucha, rompió Hernán Pérez su espada en el almete del caballero de las armas negras, quedando desarmado.
-¡A él! ¡a él! -gritó fuera de sí el aventajado de lo negro, que descargó su acero sobre el indefenso, desguarneciéndole el brazo y haciéndole una profunda herida a lo largo de él. Apartó Vadillo su caballo como buscando una arma nueva, y tratando de evitar el segundo golpe con que su contrario le amenazaba ya, acción que puso una pequeña suspensión en el combate, merced a la habilidad con que logró, manejando su bridón, burlar repetidas veces la intención del enemigo.
Un faraute, entretanto, se apoderó del montero, y llevado ante los jueces del campo, íbasele a imponer la pena que hubiera sufrido, a no haber hecho presente que traía letras para el justicia mayor. Abriólas éste y recorriólas rápidamente. No bien las hubo leído, cuando se alzó en pie para mandar la suspensión del combate. Era tarde ya, sin embargo. Convencido Vadillo de que podía durar muy poco lucha tan desigual, decidióse a echar el resto, y asiendo de su hacha de armas, detuvo su caballo y esperó resuelto al contrario, que le acometió causándole de nuevo otra herida en un costado. Aprovechándose Vadillo entonces del momento, soltó la brida del caballo y alzando con ambas manos el hacha y clamando:
-¡Venganza! ¡Venganza! -descargó tan furioso golpe sobre el caballero de las negras armas, sin darle tiempo de revolver su caballo, que faltándole el almete, hízole dar con la cabeza en el cuello del animal; aturdido de ambos golpes, el caballero abrió los brazos, separáronse sus piernas del vientre del caballo y perdiendo ambos estribos vino al suelo malparado.
-¡Victoria! ¡Victoria! -clamaron a un tiempo los circunstantes, sucediendo a la aclamación el más profundo silencio.
A ese tiempo Vadillo, habiendo echado ya pie a tierra, se precipitó sobre el caído con ánimo de cortarle la cabeza, idea que llevara a cabo a no detenerle un faraute que de orden de los jueces dio por concluido el combate.

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