La Aventura de Charles Augustus Milverton (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-¡Señor, Señor, qué desgracia! -exclamó Milverton, sacando del bolsillo un abultado cuaderno-. No puedo evitar pensar que las señoras están mal aconsejadas al no hacer un esfuerzo. ¡Fíjese en esto! -mostró una cartita con un escudo de armas en el sobre-. Pertenece a... bueno, quizás no sea correcto decir el nombre hasta mañana por la mañana. Pero para entonces estará ya en manos del esposo de la dama. Y todo porque ella no quiso molestarse en conseguir una suma miserable, que podría haber obtenido en una hora convirtiendo sus diamantes en dinero. Es una lástima tan grande. Por cierto, ¿recuerda usted cómo se rompió de pronto el compromiso entre la honorable señorita Mils y el coronel Dorking? Sólo dos días antes de la boda apareció una noticia en el Morning Post anunciando que todo había terminado. ¿Y por qué? Resulta casi increíble, pero todo se podría haber arreglado con la ridícula suma de mil doscientas libras. ¿No es una pena? Y aquí está usted, señor Holmes, un hombre inteligente, regateando las condiciones, cuando están en juego el futuro y el honor de su cliente. Me sorprende usted, señor Holmes.
-Le estoy diciendo la verdad -respondió Holmes-. No se puede conseguir ese dinero. Yo creo que sería mejor para usted aceptar la respetable suma que le ofrezco, en lugar de arruinar el porvenir de esta mujer sin sacar de ello ningún beneficio.
-En eso se equivoca, señor Holmes. Dar a conocer los hechos me reportaría considerables beneficios de manera indirecta. Tengo ocho o diez casos similares, aún madurando. Si corriera entre ellos la voz de que he hecho un severo escarmiento con lady
Eva, los encontraría a todos mucho más dispuestos a razonar. ¿Comprende mi punto de vista?
Holmes saltó de su silla.
-Póngase usted detrás de él, Watson. No lo deje escapar. Y ahora, señor, veamos el contenido de ese cuaderno. Milverton se había escurrido, rápido como una rata, hacia un costado de la habitación, colocándose con la espalda contra la pared.
-¡Señor Holmes, señor Holmes! -dijo, abriéndose la chaqueta y dejando ver la culata de un enorme revólver, que sobresalía del bolsillo interior-. Yo esperaba que hiciera usted algo original. Esto lo han hecho tantas veces... ¿Y de qué ha servido? Le aseguro que estoy armado hasta los dientes y que estoy perfectamente dispuesto a utilizar el arma, sabiendo que la ley estará de mi parte.

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