La aventura de Peter el Negro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-¡Válgame Dios, Holmes! -exclamé-. No me irá usted a decir que ha estado andando por Londres con ese trasto.
-Fui en coche a la carnicería y volví.
-¿La carnicería?
-Y vuelvo con un apetito excelente. No cabe duda, querido Watson, de lo bueno que es hacer ejercicio antes de desayunar. Pero apuesto a que no adivina usted qué clase de ejercicio he estado haciendo.
-No pienso ni intentarlo.
Holmes soltó una risita mientras se servía café.
-Si hubiera usted podido asomarse a la trastienda de Allardyce, habría visto un cerdo muerto colgado de un gancho en el techo y un caballero en mangas de camisa dándole furiosos lanzazos con esta arma. Esa persona tan enérgica era yo, y he quedado convencido de que por muy fuerte que golpeara no podía traspasar al cerdo de un solo lanzazo. ¿Le interesaría probar a usted?
-Por nada del mundo. Pero ¿por qué hace usted esas cosas? -Porque me pareció que tenía alguna relación indirecta con el misterio de Woodman´s Lee. Ah, Hopkins, recibí su telegrama anoche y le estaba esperando. Pase y únase a nosotros. Nuestro visitante era un hombre muy despierto, de unos treinta años de edad, que vestía un discreto traje de lana, pero conservaba el porte erguido de quien estaba
acostumbrado a vestir uniforme. Lo reconocí al instante como Stanley Hopkins, un joven inspector de policía en cuyo futuro Holmes tenía grandes esperanzas, mientras que él, a su vez, profesaba la admiración y el respeto de un discípulo por los métodos científicos del famoso aficionado. Hopkins traía un gesto sombrío y se sentó con aire de profundo abatimiento.
-No, gracias, señor. Ya desayuné antes de venir. He pasado la noche en Londres, porque llegué ayer para presentar mi informe.
-¿Y qué informe tenía usted que presentar?
-Un fracaso, señor, un fracaso absoluto.
-¿No ha hecho ningún progreso?
-Ninguno.
-¡Vaya por Dios! Tendré que echarle un vistazo al asunto.
-Hágalo, señor Holmes, por lo que más quiera. Es mi primera gran oportunidad y ya no sé qué hacer. Por amor de Dios, venga v écheme una mano.
-Bien, bien, da la casualidad de que ya he leído con bastante atención toda la información disponible, incluyendo el informe de la investigación policial. Por cierto, ¿qué le parece a usted esa petaca encontrada en el lugar del crimen? ¿No hay ahí ninguna pista?

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