El Intérprete griego (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Mycroft se aloja en Pall Mall, y dobla la esquina, en dirección a Whitehall, cada mañana y regresa cada tarde. A lo largo de todo el año no hace más ejercicio que éste, y no se le ve en ninguna otra parte, excepto tan sólo en el Diogenes Club, situado exactamente enfrente de su alojamiento.
-No puedo recordar este nombre.
-Y es muy lógico. Ya sabe que hay en Londres muchos hombres que, unos por timidez y otros por misantropía, no desean la compañía del prójimo, y no obstante se sienten atraídos por unas butacas confortables y por los periódicos del día. Precisamente para conveniencia de éstos se creó el Diogenes Club, que ahora da albergue a los hombres más insociables y menos amantes de clubs de toda la ciudad. A ningún miembro se le permite dar la menor señal de percepción de la presencia de cualquier otro. Excepto en el Salón de Forasteros, no se permite hablar en ninguna circunstancia y tres faltas en este sentido, si llegan a oídos del comité, exponen al hablador a la pena de expulsión. Mi hermano fue uno de los fundadores y yo mismo he encontrado allí una atmósfera muy relajante.
Habíamos llegado a Pall Mall mientras hablábamos y descendíamos por él desde el extremo de St. James. Sherlock Holmes se detuvo ante una puerta, a poca distancia del Carlton y advirtiéndome que no hablase, me precedió a través del vestíbulo. Reflejada en los espejos, capté una visión de una sala amplia y lujosa, en la que un número considerable de hombres sentados leían periódicos, cada uno en su rincón. Holmes me hizo pasar a una pequeña habitación que daba al Pall Mall y tras dejarme solo un minuto, volvió con un acompañante que sólo podía tratarse de su hermano.
Mycroft Holmes era un hombre mucho más grueso y macizo que Sherlock. Su figura era la de una persona realmente corpulenta, pero su cara, aunque ancha, había conservado algo de la agudeza de expresión que tan notable era en la de su hermano. Sus ojos, que eran de un gris acuoso peculiarmente claro, parecían mantener en todo momento aquella mirada remota e introspectiva que sólo había observado en Sherlock cuando ejercía plenamente sus facultades.
-Encantado de conocerle, caballero -dijo, alargándome una mano ancha y carnosa, como la aleta de una foca-. He oído hablar de Sherlock por doquier, desde que usted es su cronista.

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