Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Las pequeñas durezas de la vida acosaban a Jessie en aquel momento, y su ingenio estaba dedicado a la resolución del problema de gastar sus queridos cinco dólares en unas zapatillas para ella y unas pinturas para Laura. Ambas cosas eran muy necesarias, y Jessie había llevado unos zapatos viejos con tal de ahorrar el dinero para la sorpresa que acariciaba en su interior; pero entonces se desalentó al ver que lo roto se negaba a cerrarse, y que la reverencia mayor no ocultaría las gastadas punteras, a pesar de la tinta que tan abundantemente les había aplicado.
-¡Este es el fin de mis zapatillas francesas, y no puedo comprarme otras! ¡Odio las cosas baratas! Pero tendré que usarlas; pues tengo las botas viejas, y todos tienen que mirar mis pies cuando los dirijo. ¡Oh, qué cosa tan horrible es ser pobre! -y Jessie examinó cariñosamente sus viejos zapatitos, y sus ojos se le llenaron de lágrimas. Pues su camino le parecía muy largo y empinado, al recordar su vida anterior, que para ella había sido alegre como la de la mariposa en un jardín lleno de sol y de flores.
-Vamos, Jess, nada de tonterías ni de ojos enrojecidos que digan lo que te ocurre. Vete a tus quehaceres, y vuelve alegré como una alondra para que Laura no se preocupe.
y, poniéndose en pie de un salto, la muchacha se puso a cantar en vez de sollozar, mientras se movía por la, pobre habitación, limpiando sus guantes viejos, remendando su único traje blanco, y deseando, con un suspiro, tener dinero para comprarse flores, pues todos sus adornos habían sido vendidos hacía largo tiempo. Luego, dando un beso a su paciente hermana, salió a comprar las zapatillas y las pinturas que necesitaba Laura para continuar su trabajo.
Criada en medio del lujo, los gustos de Jessie eran muy refinados; y su mayor prueba, después de la precaria salud de Laura, era el sacrificio diario de las muchas comodidades y elegancias a que estaba acostumbrada. Los trajes descoloridos, los guantes limpiados, y las botas remendadas, le habían costado muchas congojas, y las constantes tentaciones de ver cosas útiles y lindas, era muy fuerte. Laura salía raras veces y se ahorraba aquella cruz; además tenía tres años más que Jessie, siempre había sido delicada y vivía en un feliz mundo de su propiedad. Por tanto, Jessie soportaba sus dolores en silencio, pero a veces sentía gran resentimiento al ver que en el mundo había tanto placer, dinero y belleza y ella tenía tan poco de ello.

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