Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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-Hoy me siento capaz de quitarle el bolsillo a cualquiera, sin ningún remordimiento, si estuviera segura de que se trataba de una persona rica. Es una vergüenza que habiendo sido papá tan generoso, nadie nos recuerde. Si vuelvo a ser rica de nuevo, buscaré a todas las muchachas pobres que encuentre, y ya que no otra cosa, les daré zapatos lindos -pensó mientras recorría las calles deteniéndose involuntariamente ante las vidrieras, para mirar con ojos de deseo los tesoros que había dentro.
Resistiendo la fascinación de las zapatillas francesas con hebillas y lazos, compró un par sencillo y útil, y salió de la tienda consolándose con el hecho de que eran muy baratas. Más consuelo halló cuando se encontró con una amiga, mientras miraba ansiosamente una vidriera llena de uvas, deseosa de comprar algunas para Laura.
Aquella cordial compañera leyó el deseo de Jessie antes que ésta se diese cuenta, y le ofreció la fruta tan graciosamente, que la muchacha pudo aceptar la cesta sin sentirse derrochadora ni mendiga. Aquello la consoló mucho, y, su mundo se fue haciendo más brillante después de aquella pequeña amabilidad, como ocurre siempre que la simpatía ilumina con su sol lugares ganados por la sombra.
En la tienda de arte, le dijeron que se solicitaban más flores otoñales de las que pintaba Laura; y el rostro de Jessie se llenó de tan inocente alegría, que el anciano que le vendió las pinturas se conmovió y le dio más de lo que significaba su dinero, recordando las duras épocas que él había pasado y compadeciendo a la linda muchacha, a cuyo padre había conocido.
Por tanto, Jessie no tuvo que disimular mucho para ponerse alegre como una alondra, cuando llegó a casa y mostró sus tesoros. Laura se alegró tanto con los regalos inesperados, que la comida de pan, leche y uvas, fue todo un "festín"; y Jessie la vio sonreír cuando fue a vestirse para la fiesta. Era un baile infantil, celebrado en casa de uno de los discípulos de "Mademoiselle", y a Jessie la habían invitado sólo para que ayudase a bailar a los niños. A ella no le agradaba ir de aquel modo, pues estaba segura de hallar allí rostros familiares, llenos de piedad, curiosidad o indiferencia, cosas difíciles de soportar para una muchacha. Pero "Mademoiselle" se lo había pedido como un favor, y Jessie le estaba agradecida; por lo tanto fue al baile, esperando no hallar placer en él y sí cansancio y aburrimiento.

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