Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Con un pañuelo en la cabeza y armada de una elegante canasta de viaje salió ella por fin segura de que el aire fresco le suavizaría el espíritu alterado y la prepararía para las faenas del día. Con bastante trabajo consiguió el objeto de sus deseos, como asimismo un frasco de mayonesa para evitar nueva pérdida de tiempo en casa, volviendo muy satisfecha de su previsión.
Como en el ómnibus había sólo una pasajera, más una anciana soñolienta, Amy se instaló en el vehículo dispuesta a engañar el tedio del camino con el cálculo de donde se había ido todo el dinero gastado en "¡a fiesta". Tan preocupada estaba con su papel heno de cifras re­fractarias que no se percató de la llegada de un nuevo pasajero que había subido sin hacer parar el vehículo, hasta que una voz masculina pronunció: "Buenos días, señorita de March." Al levantar la vista se encontró Amy con uno de os más elegantes amigos de Laurie. Deseando fervorosamente que se bajara él antes que ella, Amy se desentendió completamente de la canasta que había dejado en el suelo, y felicitándose de haberse puesto su traje nuevo de viaje devolvió el saludo del joven con su afabilidad y animación habituales.
Se entendieron admirablemente, pues la primera preocupación de Amy fue averiguar que él descendía primero, y hablando estaban de cosas especialmente elevadas cuando la anciana se levantó para bajarse. En camino a la puerta tropezó, volcó la canasta y ¡horror!...: ¡la langosta, en toda su vulgaridad de tamaño y subido color, apareció ante los ojos de elevada alcurnia de Tudor!...
-¡Válgame Dios! La buena mujer olvida la comida -exclamó el joven, completamente ignorante de la situación, volviendo a su -lugar a aquel monstruo escarlata con el bastón y preparándose a alcanzar la canasta a la viejecita.
-No, por favor... ¡es mía!... -murmuró Amy con el rostro casi tan rojo como su crustáceo.
-¿De veras? ¡Perdón!... es una langosta extraordinaria, ¿verdad? -dijo Tudor con gran presencia de ánimo y una apariencia de serio interés que hicieron honor a su educación.
Amy se recobró al instante, colocó la canasta atrevidamente sobre el asiento y dijo riendo:
-Apuesto a que le gustaría a usted comer un poco de la ensalada que voy a hacer con ella y ver a las chicas encantadoras que la van a saborear...
Eso se llama tacto, pues la frase atacaba los dos puntos vulnerables de la mentalidad masculina: la langosta se vio rodeada inmediatamente para Tudor de una aureola de recuerdos gastronómicos agradables y la curiosidad respecto a las "encantadoras muchachas" lo distrajo del desgraciado y cómico accidente.

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