Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Fue impreso, sí, y le dieron por él trescientos dólares, así como muchos elogios y muchas censuras, ambas considerablemente mayores de lo que ella había esperado, de modo que la pobre Jo cayó en una gran perplejidad.
-Me decías, mamá, que la crítica me ayudaría, pero no veo cómo puede hacerlo cuando es tan contradictoria que no sé si he escrito un libro que promete o faltado a los Diez Mandamientos de la literatura -se lamentaba Jo, revisando una pila de crónicas de su libro cuya lectura la llenaba de alegría y orgullo un minuto y de indignación y congoja el siguiente-. Este hombre, por ejemplo, dice: "Un libro exquisito, lleno de verdad, belleza y serio pensamiento; todo en él es dulce, sano y puro" -continuaba la perpleja novelista-. Este otro, en cambio, dice así: "La teoría del libro es mala, llena de fantasías mórbidas, ideas espiritualistas y personajes artificiales". Ahora díganme ustedes qué quiere decir todo eso, cuando yo no expuse teoría alguna, de ninguna clase, no creo en el espiritualismo y copié los personajes de la vida real. No me parece que este crítico pueda tener razón de ninguna manera. Otro dice: "Es la mejor novela aparecida en el país en muchos años" (de esto sé yo mucho más que él y tengo otra opinión), y el que sigue asegura que "aunque es original y escrito con gran fuerza y sentimiento, se trata de un libro peligroso." Algunos críticos se burlan, otros exageran el elogio y casi todos insisten en creer que tengo una profunda teoría para exponer, cuando ustedes saben muy bien que la escribí por el placer que encuentro en ello y por ganar dinero ¡Ojalá lo hubiera editado completo o me hubiera abstenido en absoluto de sacarlo a luz, pues detesto que me juzguen tan equivocadamente!
La familia y los amigos administraban consuelos y elogios con igual liberalidad, pese a lo cual el momento fue difícil para una muchacha sensible y alegre como Jo. Aun así, el trance le hizo bien, pues aquellos cuya opinión tenía verdadero valor le hicieron su crítica, que al fin y al cabo constituye la mejor educación de un autor; y cuando hubo pasado el primer momento de resentimiento, Jo pudo reírse de su pobrecito libro sintiéndose más sabia y más fuerte a causa de los golpes recibidos.
-No siendo un genio como Keats no me voy a morir por tan poca cosa -decía, animosa- y creo que llevo la mejor parte de toda esta confusión, ya que las cosas que he sacado de la vida real se denuncian como imposibles y absurdas, y las escenas que inventé, sacándolas de mi tonto magín, son juzgadas como "encantadoramente naturales, tiernas y verdaderas".

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