Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Así, pues, por el momento me conformaré con esto, y en cuanto pueda me volveré a lanzar a la palestra.

V
EXPERIENCIAS DOMÉSTICAS

Como casi todas las recién casadas, Meg comenzó su vida de señora con la determinación de ser un ama de casa ejemplar: Juan debía encontrar un paraíso en su hogar, ver siempre una cara sonriente al llegar a casa, comer magníficamente todos los días y no saber lo que es perder un botón. Tanto amor, energía y buen ánimo aportó Meg a la tarea que no podía tener más que buen éxito, a pesar de algunos obstáculos. Su paraíso, sin embargo, estuvo lejos de ser tranquilo, pues la mujercita se agitaba demasiado, se ajetreaba inútilmente, ponía excesivo empeño en complacer y bullía sin parar. A veces estaba demasiado cansada aun para sonreír, a Juan le atacó dispepsia de tantos "platitos" delicados que le hacía Meg, y con absoluta ingratitud masculina clamaba por comidas simples. En cuanto a los botones perdidos, pronto aprendió Meg a preguntarse dónde iban a parar tantos como faltaban de la ropa de su amo y señor, y amenazaba a Juan que se los haría coser a él cuando volviera a perder otros.
Eran muy felices, naturalmente, aun después de descubrir que no podían vivir únicamente de amor. Juan no encontró disminuida la belleza de Meg aun viendo a esa carita sonreírle radiante por detrás de la doméstica y poco romántica cafetera. Tampoco Meg echó de menos el tan mentado romanticismo cuando al irse de casa Juan se despedía con un beso seguido de: "¿Necesitas, querida, que te haga mandar algo para la comida, ternera o un poco de cordero?..." La casita dejó de ser glorieta celestial para convertirse en hogar y los jóvenes esposos pronto se dieron cuenta de que el cambio era en realidad una mejora. En un principio, lo que hacían era jugar a las muñecas, como chicos retozones, hasta que Juan se puso seriamente a trabajar, sintiendo sobre sus hombros las preocupaciones propias de un jefe de familia. En cuanto a Meg, dejó a un lado los delantalitos de cambray de los primero días, se puso un gran delantal a rayas y se sumergió en el trabajo doméstico con más energía que discreción.
Mientras le duró la manía culinaria se recorrió todo un famoso libro de cocina, descifrando sus recetas como si se tratase de ejercicios matemáticos.

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