Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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-Y habiendo lanzado su desafío sin respirar, Meg arrojó su delantal y abandonó precipitadamente el terreno para ir a desahogarse sola en su cuarto.
Lo que aquellos dos individuos hicieron en su ausencia nunca lo supo, pero el señor Scott no fue "llevado a casa de mamá", y cuando Meg bajó por fin, después que los dos se habían marchado, encontró restos de un piscolabis de emergencia que le causó horror. Lotty informó que habían comido "muy mucho, reído muy mucho" y que el patrón le había mandado que tirase todo el dulce y escondiese los tarritos.
Con todo su corazón Meg deseaba ir a contarle todo a su madre, pero la detuvo un sentido de vergüenza de sus deficiencias y de lealtad hacia Juan, "que podía ser cruel, pero nadie tenía por qué saberlo". Después de un arreglo sumario de la casa se vistió Meg con toda coquetería y se sentó a esperar que Juan volviese a ser perdonado.
Desgraciadamente, Juan no veía el asunto igual que ella, y no apareció. Con su amigo había tratado el asunto como una broma, había disculpado a su mujercita lo mejor que pudo y se había desempeñado como anfitrión con tan sincera hospitalidad que a Scott le gustó la improvisada comida y prometió volver otro día. Pero aunque no lo demostró, John estaba enojado, pues, según él lo veía, Meg lo había metido en un apuro abandonándolo luego. "No es justo -pensaba-decirle a uno que puede traer gente a comer cuando quiera, con entera libertad, y cuando se lo toma al pie de la letra enojarse y echarle a él toda la culpa, dejándolo en la estacada para que un tercero lo compadezca o ridiculice... No, Señor, por todos los santos del cielo, ¡que no es justo!" Comiendo y bromeando con Scott estaba furioso por dentro, pero cuando pasó la agitación y mientras marchaba de vuelta a su casa, después de despedir a Scott, su humor se apaciguó algo: "¡Pobrecita! -musitaba-. También fue muy duro para ella, que se había empeñado tanto en complacerme... Estuvo mal, es cierto, pero ¡es tan joven! Debo ser paciente y enseñarle." Esperaba que Meg no hubiese "ido a su casa a contar", pues detestaba los chismes y la interferencia ajena. Luego, el pensamiento de que Meg enfermase de tanto llorar lo aplacó de nuevo y aceleró el paso, resuelto a estar sereno y bondadoso con Meg pero firme, bien firme, y mostrarle dónde había fallado en sus deberes para con su marido.

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