Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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¿Acaso no vamos siempre a medias en todo? ­comenzó Laurie con el tono que siempre convertía a Jo en un cacto.
-¡Dios me libre! ¡Nada de eso!... La mitad de muchas de tus cosas no me convendrían en absoluto. Pero nada de quedarnos aquí hablando pavadas cuando tengo que ayudar a Amy. Ve y ponte tan espléndido como puedas... Y si le dices a Enrique que lleve flores lindas hasta el local de la feria, te bendeciré para siempre...
-¿No podías hacerlo ahora mismo? -preguntó Teddy con tono tan insinuante que Jo le cerró la verja en las narices con prisa-nada hospitalaria, gritándole por entre los barrotes-: ¡Anda, Teddy, vete, que estoy ocupada!
Y gracias a aquellos simpáticos conspiradores, los papeles se invirtieron de veras aquella noche.
Para empezar, Enrique, el jardinero de los Laurence, mandó una selva de flores, y además una preciosa cesta arreglada como sólo él sabía, para el centro de la mesa; luego la familia March se presentó en pleno y Jo se empeñó de tal modo y con tanto éxito que la gente no sólo acudía al quiosco, sino que se quedaba allí riéndose de sus disparates, admirando el buen gusto de Amy y aparentemente divirtiéndose la mar. Laurie y sus amigos, con sin par galantería, convergieron al lugar, compraron los ramos, acamparon al pie de su mesa e hicieron de aquel rincón el más animado de la feria. Amy estaba ahora en su elemento y llegó a la conclusión de que la virtud era su propia recompensa, después de todo.
En cuanto a Jo, se comportó con ejemplar corrección, y luego, una vez que Amy estuvo feliz, rodeada de su guardia de honor, se puso a circular por el salón, recogiendo fragmentos de chismografía, que por fin la iluminaron respecto de la causa del cambio de frente de los Chester. Tuvo que reprocharse la pobre Jo por la parte que le había correspondido en el asunto, resolviendo exonerar a Amy de toda culpa, tan pronto como fuese posible; también se enteró de la acción de Amy, devolviendo las cosas esa mañana, y consideró a su hermana un modelo de magnanimidad. Al pasar por el quiosco de arte buscó las obritas de Amy y no vio ni rastros de ninguna. "Escondidas, sin duda, para que nadie las vea", pensó Jo, que era muy capaz de perdonar sus propios agravios pero no los infligidos a su familia.

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