Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Porque Demi heredaba algo de la firmeza de carácter de su padre -no queremos llamarla terquedad- y cuando se decidía a conseguir o hacer algo nada lograba hace cambiar de idea a ese pequeño porfiado. Mamá creía que el pobre querido era demasiado chico para enseñarle a vencer sus predisposiciones, pero papá opinaba que nunca es demasiado pronto para aprender a obedecer; y Demi no tardó en descubrir que cuando se ponía a pelear con papá siempre llevaba las de perder; sin embargo, como buen sajón, el nene respetaba al hombre que lo vencía y adoraba a aquel padre cuyo "No, no" le impresionaba más que todos los besos y caricias de mamá.
Pocos días después de aquella conversación con su madre, Meg quiso probar de hacerle a John una fiestecita doméstica, de modo que encargó una buena cena, se vistió de modo muy sentador y acostó a los chicos temprano, para que nada se interpusiera. Por desgracia, una de las antipatías más invencibles de Demi era acostarse, y esa noche decidió hacer alboroto. La pobre Meg probó de todo: acunó, cantó, contó cuentos y ensayó cuanto método se conoce para provocar el sueño infantil. Todo inútil: los grandes ojos se negaban a cerrarse y mucho después que Daisy había "hecho nonito" como el montoncito de buena pasta que era, el pícaro Demi seguía mirando la luz con la expresión más "despierta" que pueda darse.
-¿Quiere quedarse quietecito mi Demi y ser bueno mientras mamá baja a darle el té a papá?.. . -preguntó Meg al oír la puerta de calle que se cerraba y el conocido paso que iba de puntillas hasta el comedor.
-Mi quede té -dijo Demi preparándose a participar de la fiesta.
-No, no se puede, pero te voy a guardar masitas para el desayuno de mañana si haces nono como Daisy. ¿Lo harás, precioso?
-¡Ti! -Y Demi cerró bien fuerte los ojos como para forzar el sueño y apresurar el deseado día.
Aprovechando aquel momento propicio Meg se escapó corriendo a saludar a su marido concara sonriente y llevando aquel moñito azul en el pelo que Juan admiraba tanto. Él lo notó en seguida y exclamó con sorpresa complacida:
-¡Vamos, madrecita! ... ¡Qué alegre estamos hoy! ... ¿Esperas invitados?
-No, nada, nada, sólo que me cansé de ser una desprolija y decidí vestirme, para variar... Tú siempre te acicalas para sentarte a la mesa, por cansado que estés, así que ¿por qué no lo voy a hacer yo? -Yo lo hago por respeto a ti, mi querida -respondió Juan, que era de la "vieja ola".

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