A través del espejo (Lewis Carroll) Libros Clásicos

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-¡Plumea! -le espetó la oveja, haciéndose con otro par de agujas.
Esta indicación no le pareció a Alicia que requiriera ninguna contestación, de forma que no dijo nada y empuñó los remos. Algo muy raro le sucedía al agua, pensó, pues de vez en cuando los remos se le quedaban agarrados en ella y a duras penas lograba zafarlos.
-¡Plumea, plumea! -volvió a gritarle la oveja, tomando aún más agujas. -Que si no vas a pescar pronto un cangrejo.
-¡Una monada de cangrejito! -pensó Alicia, ilusionada. -Eso sí que me gustaría.
-Pero, ¿es que no me oyes decir que «plumees»? -gritó enojada la oveja empuñando todo un manojo de agujas.
-Desde luego que sí -repuso Alicia. -Lo ha dicho usted muchas veces... y además levantando mucho la voz. Me querría decir, por favor, ¿dónde están los cangrejos?
-¡En el agua, naturalmente! -contestó la oveja, metiéndose unas cuantas agujas en el pelo, pues ya no le cabían en las manos. -¡Plumea, te digo!
-Pero, ¿Por qué me dice que «plumee» tantas veces? -preguntó Alicia, al fin, algo exasperada. -¡No soy ningún pájaro!
-¡Sí lo eres! -le aseguró la oveja: -Eres un gansito.
Esto ofendió un tanto a Alicia, de forma que no respondió nada durante un minuto a dos, mientras la barca seguía deslizándose suavemente por el agua, pasando a veces por entre bancos de algas (que hacían que los remos se le quedaran agarrotados en el agua más que nunca) y otras veces bajo la sombra de los árboles de la ribera, pero siempre vigiladas desde arriba por las altas crestas de la ribera.
-¡Ay, por favor! ¡Ahí veo unos juncos olorosos! -exclamó Alicia en un súbito arrebato de gozo: -¡De veras que lo son... y qué bonitos que están!
-No hace falta que me los pidas a mi «por favor» -respondió la oveja sin tan siquiera levantar la vista de su labor: -no he sido yo quien los ha puesto ahí y no seré yo quien se los vaya a llevar.
-No, pero lo que quiero decir es que si por favor pudiéramos detenernos a recoger unos pocos -rogó Alicia- si no le importa parar la barca durante un minuto.
-¿Y cómo la voy a parar yo? -replicó la oveja. -Si dejases de remar se pararía ella sola.
Dicho y hecho, la barca continuó flotando río abajo, arrastrada por la corriente, hasta deslizarse suavemente por entre los juncos, meciéndose sobre el agua.

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