La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

Página 26 de 203

Nunca se enorgullece de sus intentos o de sus éxitos; en cambio, afirma que sólo se trata de obras de un principiante: "Tengo el convencimiento profundo de que el fin de mi existencia es algo noble y útil para los hombres, siempre que logre alcanzar una perfección conveniente".
Su abuela y su madre, sin embargo, en su lejana aldehuela, detrás de estas palabras no ven más que la triste realidad: Hölderlin, iluso, corre en pos de extrañas fantasías, ciego, sin casa, sin hogar. Las dos pobres mujeres están sentadas día tras día en su casa de Nürtingen. Por años y años ahorran, moneda sobre moneda, de sus comidas, de sus vestidos y hasta de su calefacción, para poder dar con ello al muchacho los medios para el estudio. ¡Con cuánta felicidad leen las cartas llenas de respeto que el poeta joven escribe desde el convento! Se felicitan con él por sus progresos, por sus premios y sienten también el orgullo de los primeros poemas que Hölderlin publica.
Terminados los estudios, las dos mujeres le ven ya en su cargo de Vicario; ahora se casará ciertamente con una niña dulce y buena y podrán oírle orgullosas dirigiendo al pueblo el verbo de Dios, en algún púlpito de las iglesias de Suabia. Hölderlin conoce este sueño y sabe que ha de destruirlo, mas no quiere destrozarlo bruscamente: prefiere alejarlo dulcemente, poco a poco, con mano delicada. Él se imagina que con toda probabilidad, aun cuando lo quieran entrañablemente, comienzan ya a creerlo holgazán; por eso intenta explicarles algo de su vocación. Les dice: "A pesar de parecerlo, no estoy ocioso. Estoy muy lejos de soñar en vivir a costa de los demás". Luego, para quitarles la posibilidad de tal sospecha, insiste formalmente en la seriedad y honestidad de su misión. "No crea, madre, -le escribe- que trato ligeramente mis relaciones con usted; muchas veces me llena de zozobra reconciliar mis ideas con sus deseos".
Intenta convencerla de que sirve a la humanidad como si fuera predicador, pero, al decírselo, sabe también que nunca logrará persuadirla. "Lo que determina mi tendencia, -escribe a la madre- no es un capricho; es mi carácter, es mi destino: a estas cosas nadie puede negarse siquiera a obedecer".
Las dos ancianas, tristes y solas, no le abandonan a pesar de ello; llorando envían al muchacho incorregible todas sus modestas economías, lavan su ropa interior y le remiendan los calcetines.

Página 26 de 203
 

Paginas:
Grupo de Paginas:             

Compartir:




Diccionario: