Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) Libros Clásicos

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¿Creéis que el Imperio Oscuro pierde el tiempo con nosotros? Yo diría que debe estar ocupado en asuntos de mucha mayor trascendencia.

-El Imperio Oscuro fue destruido. Vos ayudasteis a destruirlo.

El hombre le dedicó de nuevo aquella sonrisa tan conocida.

-En eso os engañáis, duque de Colonia.

Volvió grupas y empezó a fundirse con la noche.

-¡Esperad! -gritó Hawkmoon-. ¿Qué habéis querido decir?

Pero el hombre ya se había lanzado al galope.

Hawkmoon le persiguió, espoleando salvajemente a su caballo.

-¿Qué habéis querido decir?

El caballo se negó a mantener semejante trote. Piafó y trató de oponer resistencia, pero Hawkmoon espoleó al animal con más fuerza.

-¡Esperad!

Vio al jinete a unos cuantos metros delante de él, pero su perfil era cada vez menos definido. ¿Sería acaso un auténtico fantasma?

-¡Esperad!

El caballo de Hawkmoon resbaló en el barro. Relinchó de miedo, como si intentara advertir a Hawkmoon del peligro que ambos corrían. Hawkmoon espoleó al animal. Éste retrocedió. Sus patas traseras resbalaron en el cieno.

Hawkmoon intentó controlar al corcel, pero el animal cayó y le arrastró.

Salieron despedidos de la estrecha carretera del pantano, atravesaron los cañaverales del borde y cayeron en el barro, que les engulló ávidamente y trató de atenazarlos. Hawkmoon procuró regresar a la orilla, pero aún no había sacado los pies de los estribos y tenía una pierna atrapada bajo el cuerpo agitado del caballo.

Se estiró y aferró un puñado de cañas, intentando arrastrarse y ponerse a salvo. Avanzó unos centímetros hacia el sendero, pero las cañas cedieron y cayó hacia atrás.

Recobró la calma cuando comprendió que sus movimientos frenéticos le hundían cada vez más en el pantano.

Pensó que si tenía enemigos que deseaban verle muerto, iba a cumplir dicho deseo, gracias a su estupidez.

3. Una carta de la reina Flana

No veía a su caballo, pero podía oírlo.

El pobre animal piafó cuando el barro llenó su boca. Se debatía con movimientos mucho más débiles.

Hawkmoon había logrado sacar los pies de los estribos y ya no tenía la pierna atrapada, pero sólo sus brazos, cabeza y hombros sobresalían del cieno. Se iba deslizando poco a poco hacia su muerte.

Recordaba que se había apoyado sobre el lomo del caballo para saltar hacia el sendero, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Sólo había conseguido hundir un poco más al animal. Ahora, la respiración del caballo era penosa y apagada. Hawkmoon sabía que no tardaría mucho en respirar como él.

Se sentía impotente por completo. Su estupidez le había metido en esta situación. Lejos de solucionar algo, se había creado más problemas.

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