Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) Libros Clásicos

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Y también sabía que, si moría, todo el mundo creería que le había matado el fantasma del conde Brass, lo cual confirmaría las acusaciones de Czernik y los demás. Significaría que Yisselda sería sospechosa de haberle ayudado a traicionar a su padre. En el mejor de los casos, podría abandonar el castillo de Brass, tal vez para ir a vivir con la reina Flana, o a Colinia. Significaría que su primogénito Manfred no heredaría el título de Señor Protector de la Karmag. Significaría que su hija Yarmila se avergonzaría de llevar su apellido.

-Soy un imbécil -dijo en voz alta-. Y un asesino. Porque he matado a un buen caballo, sin contarme a mí. Quizá Czernik estaba en lo cierto; quizá la Joya Negra me impulsó a cometer actos de traición que soy incapaz de recordar. Quizá merezco la muerte.

Entonces, creyó oír al conde Brass, que se burlaba de él con carcajadas fantasmales, aunque debía tratarse de un ganso de los pantanos, cuyo sueño había sido perturbado por un zorro.

El barro estaba aspirando su brazo izquierdo. Lo levantó con cuidado. Las cañas se encontraban demasiado lejos.

Oyó que su caballo exhalaba un último suspiro cuando su cabeza se hundió en el barro. Vio que su cuerpo se alzaba cuando intentó respirar. Luego, se quedó inmóvil. Su bulto desapareció de vista.

Oyó otras voces espectrales que se burlaban de él. ¿Era la voz de Yisselda? El grito de una gaviota. ¿Y las voces de sus soldados, más profundas? Los rugidos de los zorros y los osos de los pantanos.

En aquel momento, este engaño se le antojó el más cruel, porque era su propio cerebro quien le engañaba.

No pudo reprimir un pensamiento irónico. Haber combatido durante tantos años y con tal ardor contra el Imperio Oscuro. Haber sobrevivido a aventuras sin cuento en dos continentes... para morir de una forma ignominiosa, solo, en un pantano. Nadie sabría dónde o cómo había muerto. No tendría derecho a reposar en una tumba. Ninguna estatua le sería erigida frente a las murallas del castillo de Brass. Bien, pensó, al menos es una forma discreta de morir.

-¡Dorian!

Esta vez, dio la impresión de que el grito del ave imitaba su nombre.
Respondió a la llamada como un eco.

-¡Dorian!

-¡Dorian!

-Mi señor de Colonia -dijo la voz de un oso del pantano.

-Mi señor de Colonia -respondió Hawkmoon en el mismo tono.

Ya no podía liberar el brazo izquierdo. Notó que el barro sepultaba su mentón. La presión del barro sobre su pecho dificultaba su respiración. Estaba mareado. Confió en perder el sentido antes de que el barro se introdujera en su boca.

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