Doble culpabilidad (Agatha Christie) Libros Clásicos

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El comedor del hotel se hallaba rebosante de público y el ruido era considerable,
-Con esto hay suficiente para impregnarse del espíritu de las fiestas -comenté, por decir algo.
Mary estuvo de acuerdo.
-Ebermouth, ahora, cambia su fisonomía durante el verano. Mi tía dice que antes era distinto. Ciertamente, en la actualidad se hace difícil desenvolverse en sus calles, debido a la multitud.
-Eso es bueno para el negocio, mademoiselle.
-No para el nuestro. Sólo vendemos antigüedades muy valiosas, no aptas para excursiones de fin de semana. Tenemos clientes en toda Inglaterra. Si uno desea adquirir determinado tipo de silla o mesa antigua, o una pieza de porcelana, nos escribe, y más pronto o más tarde le complacemos.
Nuestro indudable interés la animó a proseguir. Y así supimos que cierto caballero norteamericano llamado J. Baker Wood, coleccionista de miniaturas, había visto un juego de ellas muy valioso en una revista. La señorita Elizabeth Penn, tía de Mary, logró adquirirlas y escribir al señor Wood, comunicándole el precio. El norteamericano contestó en seguida que estaba dispuesto a comprar si eran las mismas. También rogaba que se las llevasen a Charlock Bay. Por eso la joven pelirroja viajaba en esta ocasión como representante de su tía.
-Son admirables -acabó ella-. Sin embargo, me cuesta imaginar a alguien dispuesto a pagar por ellas quinientas libras. Eso sí, llevan la firma de Cosway. Claro que yo apenas sé quién es ese Cosway.
Poirot se sonrió.
-Eso se llama falta de experiencia, mademoiselle.
-Confieso que no estoy muy ducha en cosas de arte. En realidad, carezco de la formación adecuada. Aún me queda mucho que aprender.
De pronto sus ojos se agrandaron como sorprendidos. Se hallaba de cara a la ventana, y en aquel momento miraba al patio. Dijo algo ininteligible, se levantó de su asiento y se fue precipitadamente. Regresó a los pocos momentos, sin aliento y excusándose.
-Siento haberme ido de esa forma. Vi a un hombre que salía del autobús con un maletín y me pareció el mío. Ha resultado que era el suyo; por cierto, es idéntico al que traigo yo. Bueno, hice el ridículo, y él ha reaccionado como si se le acusara de robo.
Mary se rió. Pero no Poirot.
-¿Cómo es el hombre, mademoiselle? Descríbamelo.
-Viste traje castaño y es un joven que luce un bigote muy ralo.
-¡Ajá! -exclamó Poirot-. Se trata de nuestro conocido de ayer, Hastings.

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