El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Más concreto era el motivo que indujo a otro hombre de buena cuna y gran inteligencia a evitar el trato del misterioso ermitaño. En 1746, John Merritt, caballero inglés muy versado en literatura y ciencias, llegó a Providence procedente de Newport y construyó una hermosa casa en el istmo, en lo que es hoy el centro del mejor barrio residencial. Fue el primer ciudadano de Providence que vistió a sus criados de librea, y se mostraba muy orgulloso de su telescopio, su microscopio y su escogida biblioteca de obras inglesas y latinas. Al enterarse de que Curwen era el mayor bibliófilo de Providence, Merritt no tardó en ir a visitarle, siendo acogido con una cordialidad mayor de la habitual en aquella casa. La admiración que demostró por las repletas estanterías de su anfitrión, en las cuales se alineaban, además de los clásicos griegos, latinos e ingleses, una serie de obras filosóficas, matemáticas y científicas, entre ellas las de autores tales como Paracelso, Agrícola, Van Helmont, Silvyus, Glauber, Boyle, Boerhaave, Becher y Stahl, impulsaron a Curwen a invitarle a inspeccionar el laboratorio que hasta entonces no había abierto para nadie, y los dos partieron inmediatamente hacia la granja en la calesa del visitante.
El señor Merritt dijo siempre que no había visto nada realmente horrible en la granja, pero que los títulos de los libros relativos a temas taumatúrgicos, alquimistas y teológicos que Curwen guardaba en la estantería de una de las salas habían bastado para inspirarle un temor imperecedero. Tal vez la expresión de su propietario mientras se los enseñaba había contribuido a despertar en Merritt aquella sensación. En la extraña colección, además de un puñado de obras conocidas, figuraban casi todos los cabalistas, demonólogos y magos del mundo entero. Era un verdadero tesoro en el dudoso campo de la alquimia y la astrología. La Turba Philosopharum, de Hermes Trismegistus en la edición de Mesnard, el Liber Investigationis, de Geber, La Clave de la sabiduría, de Artephous, el cabalístico Zohar, el Ars Magna et Ultima de Raimundo Lulio en la edición de Zetsner, el Thesaurus Chemicus de Roger Bacon, la Clavis Alchimiae de Fludd y el De Lapide Philosophico, de Trithemius, se hallaban allí alineados, uno junto a otro. Judíos y árabes de la Edad Media estaban representados con profusión, y el señor Merritt palideció cuando al coger un volumen en cuya portada se leía el título de Qanoon-é-Islam, descubrió que se trataba en realidad de un libro prohibido, el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred, del cual había oído decir cosas monstruosas a raíz del descubrimiento de ciertos ritos indescriptibles en la extraña aldea de pescadores de Kingsport, en la provincia de la Bahía de Massachusetts.

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