La tumba (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Un círculo ennegrecido en el suelo del sótano ruinoso revelaba el lugar donde había caído un violento rayo del cielo; y en ese mismo lugar unos cuantos aldeanos provistos de linternas observaban curiosos una pequeña caja de antigua artesanía que el rayo había sacado a la superficie.
Renunciando a mis vanos forcejeos, miré a los que contemplaban el hallazgo. y me permitieron compartir el descubrimiento. La caja, cuyos cierres se habían roto por el impacto que le había desenterrado, contenía muchos papeles y objetos de valor; pero yo sólo tuve ojos para una cosa. Era la miniatura en porcelana de un joven con una elegante peluca rizada, y las iniciales «J.H. » El rostro que tenía era tal, que era como contemplar mi propia imagen en el espejo.
Al día siguiente me trajeron a esta habitación de ventana enrejada; pero he seguido informado de ciertas cosas gracias a un viejo criado, por quien sentí mucho cariño durante mi infancia, y el cual tiene afición a los cementerios como yo. Lo que me he atrevido a contar de mis experiencias en el interior de la cripta no ha hecho sino despertar sonrisas compasivas. Mi padre, que me visita con frecuencia, afirma que en ningún momento he cruzado la puerta encadenada, y jura que el herrumbroso candado seguía intacto desde hace cincuenta años cuando él lo examinó. Dice incluso que todo el pueblo conocía mis excursiones a la tumba, y que me vigilaban muchas veces, cuando me dormía en el cenador frente a la tétrica entrada, con los ojos semiabiertos y fijos en la rendija que conduce al interior. No tengo ninguna prueba palpable que alegar contra todas estas afirmaciones, ya que perdí la llave en los forcejeos, aquella noche de horror. Mi conocimiento de extrañas cosas del pasado, de las que me fui enterando durante aquellas reuniones nocturnas con los muertos, lo atribuyen, a mi constante y omnívoro huronear entre los viejos volúmenes de la biblioteca de la familia. De no ser por mi viejo criado Hiram, a estas horas me habrían convencido totalmente de mi locura
Pero Hiram, leal hasta el fin, ha conservado la fe en mí, y ha hecho lo que ahora me impulsa a publicar al menos parte de mi historia. Hace una semana, abrió violentamente el cierre que mantenía la puerta de la tumba perpetuamente entornada, y descendió con una linterna a las lóbregas profundidades. Sobre la losa de un nicho, encontró un ataúd viejo y vacío cuya placa empañada ostenta un solo nombre: Jervas.

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