La Hoya de las Brujas (Howard Phillips Lovecraft y August Derleth) Libros Clásicos

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Cada vez más intrigado, aproveché la primera ocasión para preguntar sobre él. Uno de los chicos de octavo grado, Wilbur Dunlock, solía quedarse después de terminar la clase y ayudar a la limpieza del aula.
-Wilbur -dije una tarde, cuando todos se hubieron marchado-, observo que ninguno de vosotros le hacéis caso a Andrew Potter. ¿Por qué?
Me miró con cierta desconfianza, y reflexionó antes de encoger los hombros para contestar.
-No es como nosotros.
-¿En qué sentido?
El niño sacudió la cabeza.
-No le importa si le dejamos jugar con nosotros o no. Además, no quiere.
Parecía contestar de mala gana, pero a fuerza de preguntas conseguí sacarle alguna información. Los Potter vivían hacia el interior, en las colinas boscosas de poniente, cerca de una desviación casi abandonada de la carretera que atraviesa aquella zona selvática. Su granja estaba situada en un valle pequeño, conocido en la localidad como la Hoya de las Brujas y que Wilbur describió como «un sitio malo». La familia constaba de cuatro miembros: Andrew, una hermana mayor que él y los padres. No se «mezclaban» con la demás gente del distrito, ni siquiera con los Dunlock, que eran sus vecinos más cercanos y vivían a un kilómetro de la escuela y a unos siete de la Hoya de las Brujas. Ambas granjas estaban separadas por el bosque.
No pudo -o no quiso- decirme más.
Cosa de una semana después, pedí a Andrew Potter que se quedara al terminar la clase. No puso ninguna objeción, como si mi petición fuera la cosa más natural. Tan pronto como los demás niños se hubieron marchado, se acercó a mi mesa y esperó de pie, con sus negros ojos expectantes, fijos en mí, y una sombra de sonrisa en sus labios llenos.
-He estado examinando tus calificaciones, Andrew -dije-, y me parece que con un pequeño esfuerzo podrías pasar al sexto grado..., quizá incluso al séptimo. ¿No te gustaría hacer ese esfuerzo?
Se encogió de hombros.
-¿Qué piensas hacer cuando dejes la escuela?
Encogió los hombros otra vez.
-¿Vas a ir al Instituto de Enseñanza Media de Arkham?
Me examinó con unos ojos que parecían haber adquirido súbitamente una agudeza penetrante; había desaparecido su letargo.
-Señor Williams, estoy aquí porque hay una ley que dice que tengo que estar -contestó-. Ninguna ley dice que tengo que ir al Instituto.
-Pero, ¿no te interesaría?
-No importa lo que me interesa.

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