Julio César (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Sus batallones están a la mano. Su intención es adelantársenos aquí, en Filipos, contestando antes que les preguntemos. ANTONIO. - ¡Bah!, estoy en sus secretos y sé por qué lo hacen. Ya se contentarían con visitar otros sitios; y si descienden con bravatas para intimidar, imaginando que por ese medio infunden en nuestros pensamientos la idea de que tienen valor; pero no es así. (Entra un MENSAJERO.)
MENSAJERO. - ¡Preparaos, generales! ¡El enemigo avanza en bizarra ostentación! ¡Ha enarbolado su sangrienta bandera de combate, y es preciso tomar en seguida las medidas necesarias!
ANTONIO. - Octavio, avanzad lentamente con vuestras tropas sobre la izquierda del terreno llano.
OCTAVIO. - Sobre la derecha, yo; toma tú la izquierda.
ANTONIO. - ¿Por qué contrariarme con esa exigencia?
OCTAVIO. - No os contrarío, sino que lo quiero así. (Marcha)
Tambores. Entran BRUTO, CASIO y sus ejércitos; Lucilio, TITINIO, MESALA y otros
BRUTO. - Hacen alto y deben querer parlamento.
CASIO. - ¡Permaneced firmes, Titinio! Es necesario salir y conferenciar.
OCTAVIO. - Marco Antonio, ¿damos la señal de batalla?
ANTONIO. - No, César; responderemos al ataque. ¡Salid de las filas! ¡Los generales quieren decirnos algo!
OCTAVIO. - ¡Nadie se mueva hasta la señal!
BRUTO. - ¡Palabras antes que golpes! ¿No es así, compatriotas?
OCTAVIO. - ¡No porque prefiramos las palabras, como vosotros!
BRUTO. - ¡Buenas palabras son mejor que malos golpes, Octavio!
ANTONIO. -¡En vuestros malos golpes, Bruto, dais buenas palabras! ¡Dígalo eltaladro que hicisteis en el corazón de César gritando: "¡Viva! ¡Salve, César!" CASIO. - Antonio, aún se ignora la naturaleza de vuestros golpes; pero en cuanto a
vuestras palabras, robaron a las abejas de Hibla y les quitaron su miel. ANTONIO. - ¡Y su aguijón! BRUTO. - ¡Oh, sí! ¡Y también su ruido, pues zumbáis como ellas, Antonio, y
amenazáis muy prudentemente antes de vuestra punzada!
ANTONIO. - ¡Miserables! ¡No hicisteis lo mismo cuando vuestros viles puñales tropezaron uno con otro en los costados de César! ¡Enseñabais los dientes como monos, os arrastrabais como perros y os prosternabais como esclavos, besando los pies de César, mientras el maldito Casca, como un dogo callejero, hería por la espalda el cuello de César! ¡Oh farsantes!
CASIO. - ¡Farsantes! ¡Ahora, Bruto, agradecedlo a vos mismo! ¡Esa lengua no ofendería así hoy de haber prevalecido la opinión de Casio!

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