Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

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El hombre que tiene lengua no es hombre, a mi juicio, si no puede con ella conquistar a una mujer.
     DUQUE. -Pero es que, prometida a un digno caballero amigo de la casa, le está prohibido hablar con los hombres, de tal modo que durante el día nadie puede acercarse a ella.
     VALENTÍN. -Vedla de noche.
     DUQUE. -Sí, pero está cuidadosamente vigilada para que ningún hombre pueda, durante la noche, tener acceso a ella.
     VALENTÍN. -¿Qué impide que entre uno por su ventana?
     DUQUE. -Se halla a gran altura su aposento y nadie puede intentar el escalo sin arriesgar su vida.
     VALENTÍN. -Entonces lo que necesitáis es, una escala de cuerda, fabricada con arte, que la arrojéis y se sostenga mediante un par de garfios. Con lo cual se escalaría la torre de una nueva Hero mientras se encontrara un Leandro capaz de acometer la empresa.
     DUQUE. -Pues siendo así que te veo un hombre de arrestos, dime dónde podría yo procurarme una escala semejante.
     VALENTÍN. -¿Cuándo la queréis?
     DUQUE. -Esta misma noche, pues Amor es como un niño, que se impacienta por conseguir lo que apetece.
     VALENTÍN. -A las siete os traeré esa escala.
     DUQUE. -Pero fíjate bien que quiero ir solo a verla. ¿Cómo podré transportar hasta allí la escala?
     VALENTÍN. -Será muy ligera, con objeto de que podáis llevarla debajo de una capa ordinaria,
     DUQUE. -¿Me serviría una como la tuya?
     VALENTÍN. -Seguramente, señor.
     DUQUE. -Entonces déjamela ver, para hacerme una de la misma medida.
     VALENTÍN. -¡Bah! Cualquiera capa ha de serviros, señor.
     DUQUE. - (Tirando de la capa de VALENTÍN.) Veamos cómo me sentaría una así. Permitidme que me pruebe la vuestra. (Levantando la capa y descubriendo la escala de cuerda, al tiempo que cae una carta.) ¿Una carta? (Leyendo.) «¡A Silvia!» Y luego un instrumento que convierte, a mi proyecto. Romperemos el sobre. (Lee.) «Cuando llega la noche vuelan hacia ti mis ojos y mi pensamiento, y junto a ti se recrean en horas plácidas. ¡Si fuera tan dichosa mi alma que gozase esa felicidad que tanto apetece! Pero pensamiento mío, te hallas encerrado como un esclavo, a pesar de que tu cárcel es dorada. Sin embargo, siento envidia de ti, aunque soy tu dueño, y ansío celoso tu felicidad.¡Amada mía, mi vida, mi desesperación! ¡Si a semejanza de mi pensamiento pudiera yo verme al lado de tu corazón, pasar junto a él, amado, todas las horas de mi existencia y arrobarme en tus divinas gracias!» ¿Qué dice aquí? «Silvia, esta noche os libertaré.

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