Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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su corazón, como si fuera mudo.
-Ya te entiendo, Sancho -respondió don Quijote-: tú mueres porque te alce
el entredicho que te tengo puesto en la lengua. Dale por alzado y di lo que
quisieres, con condición que no ha de durar este alzamiento más de en
cuanto anduviéremos por estas sierras.
-Sea ansí -dijo Sancho-: hable yo ahora, que después Dios sabe lo que será;
y, comenzando a gozar de ese salvoconduto, digo que ¿qué le iba a vuestra
merced en volver tanto por aquella reina Magimasa, o como se llama? O, ¿qué
hacía al caso que aquel abad fuese su amigo o no? Que, si vuestra merced
pasara con ello, pues no era su juez, bien creo yo que el loco pasara
adelante con su historia, y se hubieran ahorrado el golpe del guijarro, y
las coces, y aun más de seis torniscones.
-A fe, Sancho -respondió don Quijote-, que si tú supieras, como yo lo sé,
cuán honrada y cuán principal señora era la reina Madásima, yo sé que
dijeras que tuve mucha paciencia, pues no quebré la boca por donde tales
blasfemias salieron; porque es muy gran blasfemia decir ni pensar que una
reina esté amancebada con un cirujano. La verdad del cuento es que aquel
maestro Elisabat, que el loco dijo, fue un hombre muy prudente y de muy
sanos consejos, y sirvió de ayo y de médico a la reina; pero pensar que
ella era su amiga es disparate digno de muy gran castigo. Y, porque veas
que Cardenio no supo lo que dijo, has de advertir que cuando lo dijo ya
estaba sin juicio.
-Eso digo yo -dijo Sancho-: que no había para qué hacer cuenta de las
palabras de un loco, porque si la buena suerte no ayudara a vuestra merced
y encaminara el guijarro a la cabeza, como le encaminó al pecho, buenos
quedáramos por haber vuelto por aquella mi señora, que Dios cohonda. Pues,
¡montas que no se librara Cardenio por loco!
-Contra cuerdos y contra locos está obligado cualquier caballero andante a
volver por la honra de las mujeres, cualesquiera que sean, cuanto más por
las reinas de tan alta guisa y pro como fue la reina Madásima, a quien yo
tengo particular afición por sus buenas partes; porque, fuera de haber sido
fermosa, además fue muy prudente y muy sufrida en sus calamidades, que las
tuvo muchas; y los consejos y compañía del maestro Elisabat le fue y le
fueron de mucho provecho y alivio para poder llevar sus trabajos con
prudencia y paciencia. Y de aquí tomó ocasión el vulgo ignorante y mal
intencionado de decir y pensar que ella era su manceba; y mienten, digo
otra vez, y mentirán otras docientas, todos los que tal pensaren y dijeren.

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