El banquete (Orazio Bagnasco) Libros Clásicos

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Un día por semana, cuando llegan los ricos mercaderes para la feria, la hostería prepara una gran olla de cocido donde se pone de todo, pescuezo, tetillas de vaca, nalga, rabo, morcillo, cabeza de buey con sus deliciosas quijadas, un poco de gallina vieja y algunos chorizos. Todo este bien de Dios se come con una salsa de ajo o bien con confitura picante de fruta, hervida en otoño en mosto denso de vino con hierbas y especias varias. En suma, en Tortona con algunos bayocos es posible pasar un buen rato. -Y en cuanto a diversiones, ¿qué se puede encontrar? -aventuró micer Jacopo, esperando que hubiera algo que hacer con esas aldeanillas sanas y rozagantes, de mejillas blancas y rojas como melapias, que había visto por las callejas mientras llegaba al pueblo. Sin embargo quedó decepcionado ante la respuesta del cocinero: - ¡Por supuesto que hay diversiones, cómo no! Sobre todo los días de fiesta, cuando está aquí el obispo Giacomo, vicario de Roma y hermano del señor conde Bergonzio Botta. -En ese momento el Obispo se encontraba en la sede apostólica en calidad de embajador de Milán ante el Papa. Cuando Su Excelencia está en palacio, los domingos se celebran funciones bellísimas en la catedral. Las vestiduras del Obispo y de los canónigos, bordadas de oro y plata, con resplandecientes piedras preciosas engarzadas, los coros de los cantores, el sonido del órgano, la brillantez de las telas doradas que en días festivos cubrían las columnas, las ricas arañas de muchos brazos y las nubes de incienso, todo hacía que las funciones en la iglesia fueran tan majestuosas que a maese Anselmo le parecía estar en la Corte de la reina de Saba.

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