El banquete (Orazio Bagnasco) Libros Clásicos

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Dos pícaros pliegues a los lados de la boca le dan un aire de chiquillo sorprendido in fraganti» Precisamente esos ojos inquietantes y esa boca pícara, como si quisiera hacerse perdonar una travesura mientras ya piensa en cometer otra, son la clave de su inmediato y misterioso encanto. También sus formas suscitan gran inquietud, pues sus sinuosidades se realzan con esa infantil inocencia. Parece divertirse provocando celos y rivalidad entre sus compañeros de viaje. No es que prive a sus cortejadores de sus gracias, siempre y cuando se las merezcan, pero nunca concede a nadie la sensación de poseerla. Es como si las disputas entre sus admiradores o amantes le resultaran indispensables para mantener intacto ese sentimiento de libertad absoluta que tanto necesita y al que se atiene en muchas de sus decisiones, incluida la elección de sus amores y de su sexo, que no necesariamente siempre es el mismo. Con semejantes dones y modos, Dona Isa no hará más que provocar desgracias en gran parte del cortejo nupcial. Sé que el primero en acercarse a ella, ya desde el principio del viaje -continuó Trotti-, ha sido el Legado del Ducado de Mantua Basso Folchini, que la había conocido en una recepción en el castillo. Pero todos los diplomáticos, de un modo u otro, revoloteaban a su alrededor. Dona Isa, a pesar de su ascendencia nórdica, tiene un temperamento muy mediterráneo, y Basso ha podido constatarlo en el breve trayecto desde Milán hasta el puerto de Génova. Después de las primeras cinco noches, el jovenzuelo empezó a dar claros signos de desaliento físico e incluso moral, porque, a pesar de que sus prestaciones eran intensas, ella seguía coqueteando con todos.

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