La lucha por la vida II (Pío Baroja) Libros Clásicos

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-Yo soy amigo de don Roberto, y he venido a verle hoy y le he dicho que no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí.
-Tendrás que acostarte en el sofá -dijo el de la blusa blanca-, porque no hay otra cama.
-No importa. Estoy acostumbrado.
-¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer?
-Yo, no.
-Anda, entonces ponte sobre la tarima. Me servirás de modelo. Siéntate en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano, como si estuvieras pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es.
El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba modelando y comenzó a levantar otra figura.
Manuel se cansó pronto de posar, y se lo advirtió así a Álex, quien le dijo que descansara.
A media tarde entraron en la guardilla una porción de muchachos amigos del escultor; dos de ellos se pusieron en mangas de camisa y comenzaron a amontonar barro en una mesa; un melenudo se sentó en un sofá. Llegaron poco después otros y comenzaron todos a charlar a voz en grito.
Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura, de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.
Habían clasificado al mundo. Tal era admirable; Cual, detestable; H, un genio; B, un imbécil.
No les gustaban, sin duda, las medias tintas ni los términos medios; parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo.
Al anochecer se prepararon para salir.
-¿Tú te vas? -preguntó el escultora Manuel
-Saldré un momento a cenar.
-Bueno; ahí tienes la llave.

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