Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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.. -y empezó a llorar ruidosamente.
-Pues lo mismo le pasaba a mi Joe..., siempre dando guerra y dispuesto para una trastada, pero era lo menos egoísta y todo lo bondadoso que podía pedirse... ¡Y pensar, Dios mío, que le zurré por golosear la crema, sin acordarme de que yo misma la había tirado porque se avinagró! ¡Y ya no lo veré nunca, nunca, en este mundo, al pobrecito maltratado!
Y también ella se echó a llorar sin consuelo.
Yo espero que Tom lo pasará bien donde está -dijo Sid-; pero si hubiera sido algo mejor en algunas cosas...
-¡Sid!... (Tom sintió, aun sin verla, la relampagueante mirada de su tía). ¡Ni una palabra contra Tom, ahora que ya lo hemos perdido! Dios lo protegerá..., no tiene usted que preocuparse. ¡Ay, señora Harper! ¡No puedo olvidarlo! ¡No puedo resignarme! Era mi mayor consuelo, aunque me mataba a desazones.
-El Señor da y el Señor quita. ¡Alabado sea el nombre del Señor! ¡Pero es tan atroz..., tan atroz! No hace ni una semana que hizo estallar un petardo ante mi propia nariz y le di un bofetón que le tiré al suelo. ¡Cómo iba a figurarme entonces que pronto...! ¡Ay! Si lo volviera a hacer otra vez me lo comería a besos y le daría las gracias.
-Sí, sí; ya me hago cargo de su pena; ya sé lo que está usted pensando. Sin ir más lejos, ayer a mediodía fue mi Tom y rellenó al gato de «matadolores», y creí que el animalito iba a echar la casa al suelo. Y... ¡Dios me perdone!, le di un dedalazo al pobrecito..., que ya está en el otro mundo. Pero ya está descansando ahora de sus cuidados. Y las últimas palabras que de él oí fueron para reprocharme...
Pero aquel recuerdo era superior a sus fuerzas, y la anciana no pudo contenerse más. El propio Tom estaba ya haciendo pucheros..., más compadecido de sí mismo que de ningún otro. Oía llorar a Mary y balbucear de cuando en cuando una palabra bondadosa en su defensa. Empezó a tener una más alta idea de sí mismo de la que había tenido hasta entonces. Pero, con todo, estaba tan enternecido por el dolor de su tía, que ansiaba salir de su escondrijo y colmarla de alegría... y lo fantástico y teatral de la escena tenía además para él irresistible atracción; pero se contuvo y no se movió.

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