Tartarín de Tarascón (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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La puerta del jardín giró sobre sus goznes violentamente.
   -¡Él!... -exclamaron-. ¡Él!...
   Era él...
   Cuando apareció en el umbral, dos gritos de estupor salieron del gentío:
   -¡Es un teur!...
   -¡Lleva gafas!...
   Efectivamente, Tartarín de Tarascón había creído que al ir a Argelia debía llevar traje argelino. Ancho pantalón bombacho de tela blanca; chaquetita ajustada, con botones de metal; faja roja, de dos pies de ancho, alrededor del estómago; cuello descubierto, la frente afeitada, y en la cabeza, una chechia -gorro encarnado- gigantesca y una borla tan larga... Con esto, dos pesados fusiles, uno en cada hombro; un cuchillo de monte al cinto, la cartuchera en el vientre, y en la cadera un revólver que se balanceaba en la funda de cuero, queda enumerado todo...
   ¡Ah!, se me olvidaban las gafas -enormes gafas azules, que venían como de perilla para corregir en lo posible la apostura algo feroz de nuestro héroe.
   -¡Viva Tartarín!... ¡Viva Tartarín! -aulló el pueblo.
   El grande hombre sonrió pero no pudo saludar: se lo impedían los fusiles. Por otra parte, en aquel momento ya sabía a qué atenerse en aquello del favor popular, y hasta maldecía tal vez, allá en lo más hondo del alma, a sus terribles compatriotas, que le obligaban a emprender el viaje, a dejar su linda casita de paredes blancas, persianas verdes... Pero no lo dejaba ver.
   Tranquilo y arrogante, aunque un poco pálido, salió a la calle, echó una mirada a los carros, y viéndolo todo en regla tomó gallardamente el camino de la estación, sin volver la cara ni siquiera una vez hacía la casa del baobab. Detrás de él marchaban el bizarro comandante Bravidá, capitán de almacenes retirado, y el presidente Ladeveze; después, el armero Costecalde y todos los cazadores de gorras, y, por último, el pueblo.
   A la entrada del andén le esperaba el jefe de estación -veterano de África, de 1830-, quien le apretó la mano con calor varias veces.
   El expreso París-Marsella no había llegado aún. Tartarín y su estado mayor entraron en las salas de espera, y para evitar la aglomeración de gente, el jefe de la estación mandó cerrar las verjas.
   Más de un cuarto de hora estuvo Tartarín paseo va, paseo viene, por las salas, en medio de los cazadores de gorras, hablándoles de su viaje, de su caza y prometiendo enviarles pieles.

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