El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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-A propósito -dijo Lorin, después de avanzar algunos pasos-; tú estarás aún tres días en el Temple; te encomiendo al pequeño Capeto.

V
AMO
EL TREINTA Y UNO DE MAY

Al cabo de algún tiempo, Maurice era feliz y desgraciado a la vez. Así ocurre siempre al comienzo de las grandes pasiones. De día trabajaba en la sección Lepelletier y por la tarde acudía de visita a la antigua calle Saint-Jacques. No se le ocultaba que ver todas las tardes a Geneviève era beber a grandes tragos un amor sin esperanza.
Geneviève era una de esas mujeres tímidas ante las cuales las palabras de amor parecen blasfemias y sacrílegos los deseos materiales. A Maurice se le aparecía como un enigma viviente cuyo sentido no podía adivinar.
Una tarde que, como de costumbre, se había quedado solo con ella, se atrevió a preguntarle cómo ella, tan joven y distinguida, estaba casada con un hombre que la doblaba la edad y cuya educación y nacimiento parecían tan vulgares; ella tan poética y su marido atento sólo a pesar, estirar y teñir las pieles de su fábrica.
-En fin -dijo Maurice-, ¿cómo se explican en casa de un curtidor ese harpa, ese piano y esas pinturas al pastel que hace usted?
Geneviève le dio las gracias por su delicadeza al no haberse informado sobre ella. Maurice le dijo que sólo se fiaba de su propio corazón, y como ella se mostrara dispuesta a aclarar sus dudas, el joven le preguntó su nombre de soltera.
-Geneviève du Treilly. Mi familia se arruinó después de la guerra de América, en la que combatieron mi padre y mi hermano mayor.
-¿Gentileshombres, los dos?
-No, no; mi familia era rica, pero no pertenecía a la nobleza. En América, mi padre se hizo amigo del señor Morand, cuyo hombre de negocios era el señor Dixmer. Viéndonos arruinados y sabiendo que el señor Dixmer tenía una pequeña fortuna, el señor Morand se lo presentó a mi padre que, a su vez, me lo presentó a mí. Yo vi que podía hacer un matrimonio ventajoso, comprendí que ése era el deseo de mi familia, nunca había estado enamorada, y acepté. Soy la esposa de Dixmer desde hace tres años; y debo decir que en este tiempo, mi marido ha sido tan bueno conmigo, tan excelente, que pese a la diferencia de edad y de gustos que usted observa, jamás he padecido un instante de pesadumbre.

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