El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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En consecuencia, y para labrarse una felicidad a su modo, Cornelius se puso a estudiar las plantas y los insectos, recogió y clasificó toda la flora de las islas, pinchó a toda la entomología de su provincia, sobre la que compuso un tratado manuscrito con dibujos realizados por su mano, y finalmente, no sabiendo ya qué hacer con su tiempo y, sobre todo, con su dinero, que iba aumentando de una forma espantosa, escogió entre todas las locuras de su país y de su época una de las más elegantes y de las más costosas.
Se dedicó al cultivo de los tulipanes.
Aquél era el momento, como se sabe, en que los flamencos y los portugueses, explotando a cual más este género de horticultura, habían llegado a divinizar el tulipán y a hacer de esta flor venida de Oriente lo que jamás naturalista alguno se había atrevido a hacer con la raza humana, por miedo de dar celos a Dios.
Muy pronto, desde Dordrecht a Mons, no se habló más que de los tulipanes de Mynheer2 Van Baerle; y sus parterres, sus fosos, sus cámaras de secado, sus cuadernos de bulbos fueron visitados como antiguamente lo fueron las galerías y las bibliotecas de Alejandría por los ilustres viajeros romanos.
Van Baerle comenzó por gastar sus rentas del año en establecer su colección, luego mermó sus florines nue vos en perfeccionarla; así, su trabajo fue recompensado con un magnífico resultado: halló cinco especies dife rentes a las que llamó la Jeanne, por el nombre de su madre, la Baerle, por el nombre de su padre, la Corneille, por el nombre de su padrino... los otros nombres no los sabemos, pero los aficionados podrán seguramente encontrarlos en los catálogos de la época.
2 Título equivalente a Señor en holandés
En 1672, al comienzo del año, Corneille de Witt vino a Dordrecht para vivir tres meses en su antigua casa familiar; porque se sabe que no solamente Corneille había nacido en Dordrecht, sino que la familia de los De Witt era originaria de esta ciudad.
Corneille comenzaba entonces, como decía Guillermo de Orange, a gozar de la más perfecta impopularidad. Sin embargo, para sus conciudadanos, los buenos habitantes de Dordrecht, no era todavía un facineroso a prender, y aquellos, poco satisfechos de su republicanismo algo demasiado puro, pero orgullosos de su va lor personal, quisieron ofrecerle el vino de la ciudad cuando llegó.

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