El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Salgamos.
-¿Adónde, Hernando...? ¿Quién te trajo? ¿Dónde estoy?
-Después, después -repuso Hernando mirando a todas partes con la mayor inquietud-. El grito del centinela puede haber dado la alarma y urge el tiempo.
-No, Hernando; déjame morir en esta soledad -repuso el doncel con dolor-. No la veré al menos acariciando a otro.
-Te ciega tu pasión, Macías -contestó el montero-. Huyamos. Ven de grado, si no quieres venir a tu pesar.
Disponíase el montero a cumplir su amenaza apoderándose a viva fuerza del doncel, proyecto que hubiera llevado a cabo fácilmente, ayudado de su robusto brazo cuando un sordo estruendo de armas se dejó oír en el corredor.
-¡Voto a tal! -exclamó Hernando aplicando el oído-. Me han descubierto los traidores; vendámosles caras nuestras vidas.
Dichas estas palabras asió el montero de un brazo del doncel y obligóle a subir con él la escalera.
-¡Traición! ¡Traición! -gritaban en lo alto de ella varios soldados que se preparaban a impedir la evasión de los fugitivos. De allí a poco se trabó un combate encarnizado en el corredor. Cargaba más gente por momentos, y Ferrus, que había reconocido al montero, animaba a los suyos con promesas y amenazas.
-¡Ven, villano -gritaba Hernando a Ferrus-, ven, juglar infame! Yo soy el que ha librado a la condesa, yo el que había de librar a mi señor. Llega y probarás mi venablo.
-¡A él, amigos a él! -gritaba Ferrus sin dar reposo a los suyos-; él es traidor; ¡muera Hernando, muera!
Macías, animado con la pelea, se defendía valientemente haciendo prodigios de valor y derribando cuanto se ponía a su paso; pero era evidente que hallándose como se hallaba desarmado, no podía resistir por mucho tiempo al número de sus contrarios. Él y Hernando se vieron precisados, después de haber derribado inútilmente a algunos de sus enemigos, a refugiarse hacia la prisión. Acababa de entrar Macías en ella cuando se abrió por entre los que le acosaban un caballero, gritando, con la espada desnuda:
-¡Ténganse todos! ¡Fuera, villanos! ¡A mí! ¡Dejádmele a mí! El doncel me pertenece.
-¡Hernán Pérez! -gritó fuera de sí el doncel, cobrando nuevo valor y dirigiéndose hacia el enemigo que acababa de llegar.

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